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quieroleer El zahir Paulo Coelho
de los comerciantes. Yo no se lo cuento a nadie, excepto a mi madre, que cada vez está más
afligida y preocupada por mí.
»En una de estas ocasiones, un médico pasa por la región y ella me lleva a una consulta; des-
pués de oír atentamente mi historia, de tomar notas, de ver dentro de mis ojos con un aparato,
de auscultar mi corazón, de martillarme la rodilla, diagnostica un tipo de epilepsia. Dice que
no es contagioso, los ataques disminuirán con la edad.
»Yo sé que no se trata de una enfermedad, pero finjo creerlo para que mi madre esté tranquila.
El director del museo, que nota mi esfuerzo desesperado por aprender algo, siente pena y em-
pieza a sustituir a los profesores del colegio. Aprendo geografía, literatura; aprendo lo que va
a ser lo más importante para mí en el futuro: a hablar inglés. Una tarde, la voz me pide que le
diga al director que dentro de poco tiempo ocupará un cargo importante. Cuando se lo comen-
to, todo lo que oigo es una risa tímida y una respuesta directa: no hay la menor posibilidad
porque jamás se ha alistado en el partido comunista; es musulmán convicto.
«Tengo quince años. Dos meses después de nuestra conversación, siento que algo diferente
está sucediendo en la región: los antiguos funcionarios públicos, siempre tan arrogantes, son
más amables que nunca y me preguntan si quiero volver a estudiar. Grandes trenes de milita-
res rusos parten rumbo hacia la frontera. Una tarde, mientras estudio en el escritorio que había
pertenecido al poeta, el director entra corriendo, me mira con espanto y una cierta incomodi-
dad: dice que lo último que podía suceder en el mundo (el colapso del régimen comunista)
está ocurriendo con una rapidez increíble. Las antiguas repúblicas soviéticas ahora se están
convirtiendo en Estados independientes, las noticias que llegan de Almaty hablan de la for-
mación de un nuevo gobierno, y ¡él ha sido señalado para gobernar en la provincia!
»En vez de abrazarme y alegrarse, me pregunta cómo sabía que eso iba a suceder: ¿había oído
a alguien comentar algo? ¿Había sido contratado por el servicio secreto para espiarlo, ya que
él no pertenecía al partido? O, lo que era lo peor de todo, ¿en algún momento de mi vida había
hecho un pacto con el diablo?
»Respondo que conoce mi historia: las apariciones de la niña. La voz, los ataques que me
permiten oír cosas que otras personas no saben. Él dice que todo eso no es más que una en-
fermedad; sólo hay un profeta, Mahoma, y todo lo que tenía que ser dicho ya ha sido revela-
do. Pero, a pesar de eso, continúa, el demonio permanece en este mundo, usando todo tipo de
artimañas (incluso la supuesta capacidad de ver el futuro) para engañar a los débiles y apartar
a la gente de la verdadera fe. Me había dado un empleo porque el Islam exige que los hombres
practiquen la caridad, pero ahora estaba profundamente arrepentido: o yo era un instrumento
del servicio secreto, o era un enviado del demonio.
»Me despide en ese mismo momento.
»Los tiempos, que ya antes no eran fáciles, pasan a ser más difíciles aún. La fábrica de tejidos
para la que trabaja mi madre, y que antes pertenecía al gobierno, pasa a manos de particulares;
los nuevos dueños tienen otras ideas, reestructuran el proyecto y acaban despidiéndola. Dos
meses después ya no tenemos con qué sustentarnos, lo único que nos queda es dejar la aldea
donde he pasado toda mi vida e ir en busca de un trabajo.
»Mis abuelos se niegan a marcharse; prefieren morir de hambre antes que dejar la tierra donde
han nacido y pasado sus vidas. Mi madre y yo nos vamos a Almaty, y conozco la primera ciu-
dad grande: me impresionan los coches, los gigantescos edificios, los anuncios luminosos, las
escaleras automáticas y, sobre todo, los ascensores. Mamá consigue trabajo en una tienda, y
yo me pongo a trabajar como ayudante de mecánico en una gasolinera. Gran parte de nuestro
dinero se lo enviamos a mis abuelos, pero sobra lo suficiente para comer y ver cosas que ja-
más he visto: cine, parque de atracciones, partidos de fútbol.
»Con el cambio de ciudad, los ataques cesan, pero la voz y la presencia de la niña también
desaparecen. Creo que es mejor así, no echo de menos a la amiga invisible que me acompaña-
ba desde los ocho años de edad; me fascina Almaty, y estoy ocupado en ganarme la vida.
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