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quieroleer El zahir Paulo Coelho
¿Alguien le ha dicho que iba a tener este accidente?
No dijo exactamente eso. Pero fue lo que entendí.
Disculpe, pero no puedo quedarme más tiempo, voy a llevar a Marie. En cuanto a la epilep-
sia, procuraré informarme.
Durante los dos días que Marie estuvo lejos, y a pesar del susto del accidente, el Zahir volvió
a ocupar su espacio. Yo sabía que, si el chico había cumplido su palabra, habría un sobre es-
perándome en casa con la dirección de Esther, pero ahora yo estaba asustado.
¿Y si Mikhail estaba diciendo la verdad respecto a la voz?
Traté de recordar los detalles: bajé de la acera, miré a los lados mecánicamente, vi que pasaba
un coche, pero también vi que estaba a una distancia segura. Aun así, fui alcanzado, quizá por
una moto que intentaba adelantar a aquel coche y que estaba fuera de mi campo de visión.
Creo en las señales. Después del camino de Santiago, todo había cambiado por completo: lo
que tenemos que aprender está siempre delante de nuestros ojos, basta con mirar alrededor
con respeto y atención para descubrir adonde desea llevarnos Dios, y el paso más acertado
que debemos dar después. También aprendí a respetar el misterio: como decía Einstein, Dios
no juega a los dados con el universo, todo está interrelacionado y tiene un sentido. Aunque
este sentido permanezca oculto casi todo el tiempo, sabemos que estamos cerca de nuestra
verdadera misión en la Tierra cuando lo que estamos haciendo está contagiado por la energía
del entusiasmo.
Si lo está, todo va bien. Si no lo está, es mejor cambiar pronto de rumbo.
Cuando nos encontramos en el camino correcto, seguimos las señales, y cuando damos un pa-
so en falso, la Divinidad viene en nuestro socorro para evitar que cometamos un error. ¿Acaso
el accidente era una señal? ¿Acaso Mikhail, aquel día, había intuido una señal que era para
mí?
Decidí que la respuesta a esa pregunta era «sí».
Y tal vez por eso, por aceptar mi destino, por dejarme guiar por una fuerza mayor, noté que, a
lo largo de aquel día, el Zahir empezaba a perder intensidad. Sabía que todo lo que tenía que
hacer era abrir un sobre, leer su dirección y tocar el timbre de su casa.
Pero las señales indicaban que no era el momento. Si realmente Esther era tan importante en
mi vida como yo imaginaba, si seguía amándome (como había dicho el chico), ¿por qué forzar
una situación que me iba a llevar a los mismos errores que había cometido en el pasado?
¿Cómo evitar repetirlos?
Conociendo mejor quién era yo, qué había cambiado, qué había provocado este corte súbito
en un camino que siempre había estado marcado por la alegría. ¿Bastaba con eso?
No, también tenía que saber quién era Esther, por qué transformaciones había pasado durante
todo el tiempo que vivimos juntos.
¿Y era suficiente con responder a estas dos preguntas?
Faltaba una tercera: ¿por qué nos había unido el destino?
Como tenía mucho tiempo libre en aquel cuarto de hospital, hice una recapitulación general
de mi vida. Busqué siempre aventura y seguridad al mismo tiempo, aun sabiendo que las dos
cosas no eran compatibles entre sí. Incluso estando seguro de mi amor por Esther, me enamo-
raba con rapidez de otras mujeres, simplemente porque el juego de la seducción es lo más in-
teresante del mundo.
¿Había sabido demostrar mi amor por mi mujer? Tal vez durante un período, pero no siempre.
¿Por qué? Porque creía que no era necesario, ella debía de saberlo, no podía poner en duda
mis sentimientos.
Recuerdo que, muchos años atrás, alguien me preguntó qué tenían en común todas las novias
que habían pasado por mi vida. La respuesta fue fácil: yo. Y al darme cuenta de eso, vi el
tiempo que había perdido en busca de la persona adecuada; las mujeres cambiaban, yo seguía
igual, y no aprovechaba nada de lo que habíamos vivido juntos. Tuve muchas novias, pero
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