5
quieroleer El zahir Paulo Coelho

tar: en verdad, tenían miedo de cualquier cambio que viniese a sacudir el mundo al que esta-
ban acostumbradas.
El inspector dice que soy libre. Libre soy ahora, y libre era dentro de prisión, porque la liber-
tad aún sigue siendo lo que más aprecio en este mundo. Claro que eso me llevó a beber vinos
que no me gustaron, a hacer cosas que no debería haber hecho y que no volveré a repetir, a
tener muchas cicatrices en mi cuerpo y en mi alma, a herir a alguna gente, a la cual acabé pi-
diendo perdón, en una época en la que comprendí que podía hacer cualquier cosa, excepto
forzar a otra persona a seguirme en mi locura, en mi sed de vivir. No me arrepiento de los mo-
mentos en los que sufrí, llevo mis cicatrices como si fueran medallas, sé que la libertad tiene
un precio alto, tan alto como el precio de la esclavitud; la única diferencia es que pagas con
placer y con una sonrisa, incluso cuando es una sonrisa manchada de lágrimas.

Salgo de la comisaría y hace un día bonito, un domingo de sol en el que nada encaja con mi
estado de ánimo. Mi abogado me está esperando fuera con algunas palabras de consuelo y un
ramo de flores. Dice que ha llamado a todos los hospitales, depósitos (ese tipo de cosas que
siempre se hacen cuando alguien tarda en llegar a casa), pero que no ha localizado a Esther.
Dice que ha conseguido evitar que los periodistas supieran dónde estaba detenido. Dice que
necesita hablar conmigo para trazar una estrategia jurídica que me permita defenderme de una
acusación futura. Le agradezco su atención. Sé que no desea trazar ninguna estrategia jurídica;
en verdad, no quiere dejarme solo porque no sabe cómo voy a reaccionar (¿me emborracharé
y me detendrán otra vez? ¿Montaré un escándalo? ¿Intentaré suicidarme?). Respondo que
tengo cosas importantes que hacer y que tanto él como yo sabemos que no tengo ningún pro-
blema con la ley. Él insiste, pero yo no le doy opción; después de todo, soy un hombre libre.

Libertad. Libertad para estar miserablemente solo.
Cojo un taxi hasta el centro de París, le pido que pare junto al Arco de Triunfo. Empiezo a
caminar por los Campos Elíseos en dirección al hotel Bristol, donde acostumbraba a tomar
chocolate caliente con Esther siempre que uno de los dos volvía de una misión en el extranje-
ro. Para nosotros era como el ritual de volver a casa, una inmersión en el amor que nos man-
tenía unidos, aunque la vida nos empujase cada vez más hacia caminos diferentes.
Sigo andando. La gente sonríe, los niños están alegres por estas pocas horas de primavera en
pleno invierno, el tráfico fluye libremente, todo parece en orden, excepto que ninguna de estas
personas sabe, o finge no saber, o simplemente no le interesa el hecho de que acabo de perder
a mi mujer. ¿Acaso no entienden cuánto estoy sufriendo? Deberían sentirse todos tristes,
compadecidos, solidarios con un hombre que tiene el alma sangrando de amor; pero siguen
riéndose, inmersos en sus pequeñas y miserables vidas que sólo existen los fines de semana.
Qué pensamiento tan ridículo: muchas de las personas con las que se cruzan también llevan el
alma hecha pedazos, y yo no sé por qué ni cómo sufren.
Entro en un bar a comprar tabaco, la persona me responde en inglés. Paso por una farmacia a
buscar un tipo de caramelos de menta que me encanta, y el empleado me habla inglés (en am-
bas ocasiones pido los productos en francés). Antes de llegar al hotel, me interrumpen dos
chicos recién llegados de Toulouse; quieren saber dónde está cierta tienda, han abordado a va-
rias personas, nadie entiende lo que dicen. ¿Qué es esto? ¿Han cambiado la lengua de los
Campos Elíseos durante estas veinticuatro horas en que he estado detenido?
El turismo y el dinero pueden hacer milagros: pero ¿cómo es que no me he dado cuenta de eso
antes? Porque, por lo visto, Esther y yo ya no tomamos ese chocolate hace mucho tiempo, in-
cluso aunque ambos hayamos viajado y vuelto varias veces durante este período. Siempre hay
algo más importante. Siempre hay algún compromiso inaplazable. Sí, mi amor, tomaremos
ese chocolate la próxima vez, vuelve pronto, sabes que hoy tengo una entrevista realmente
importante y no puedo ir a buscarte al aeropuerto, coge un taxi, mi teléfono móvil está encen-
dido, puedes llamarme si tienes una urgencia, en caso contrario, nos vemos por la noche.
¡Teléfono móvil! Lo saco del bolsillo, lo enciendo inmediatamente, suena varias veces, cada
5


quieroleer

5