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quieroleer El zahir Paulo Coelho
jore vuestro aspecto, haceos la cirugía plástica. Pero no lo olvidéis nunca: estas reglas se esta-
blecieron en algún momento y tenéis que respetarlas. ¿Quién estableció las reglas? Eso no tie-
ne importancia, no os hagáis jamás ese tipo de preguntas, porque serán válidas siempre, aun-
que no estéis de acuerdo con ellas.
Me senté. Hubo algunos aplausos entusiasmados, alguna indiferencia, y yo sin saber si había
ido demasiado lejos. Marie me miraba con una mezcla de admiración y sorpresa.
La mujer del escenario tocó el plato.
Le dije a Marie que esperase allí, mientras yo salía fuera a fumar un cigarrillo.
Ahora van a danzar en nombre del amor, de la «Señora».
Puedes fumar aquí.
Quiero estar solo.
Aunque era el principio de la primavera, todavía hacía mucho frío, pero yo necesitaba aire
puro. ¿Por qué había contado toda aquella historia? Mi matrimonio con Esther nunca había
sido de la manera que había descrito: dos raíles, siempre uno al lado del otro, siempre correc-
tos, rectos, alineados. Habíamos tenido nuestros altibajos, muchas veces alguno de los dos
había amenazado con marcharse para siempre, pero aun así seguimos juntos.
Hasta hacía dos años.
O hasta el momento en que ella empezó a querer saber por qué era infeliz.
Nadie debe preguntarse eso: ¿por qué soy infeliz? Esta pregunta trae consigo el virus de la
destrucción de todo. Si nos preguntamos eso, querremos descubrir lo que nos hace felices. Si
lo que nos hace felices es diferente de aquello que estamos viviendo, o cambiamos de una
vez, o seremos más infelices todavía.
Y yo ahora me encontraba en esa misma situación: una novia con personalidad, el trabajo que
empezaba a ir bien y una gran posibilidad de que las cosas acabasen equilibrándose con el
tiempo. Era mejor conformarse. Aceptar lo que la vida me estaba ofreciendo, no seguir el
ejemplo de Esther, no prestar atención a los ojos de las personas, recordar las palabras de Ma-
rie, crear una nueva vida a su lado.
No, no podía pensar así. Si me comportaba de la manera en que la gente esperaba que lo
hiciera, me convertiría en su esclavo. Es preciso un enorme control para evitar que eso suce-
da, porque la tendencia es estar siempre dispuesto a agradar a alguien, principalmente a uno
mismo. Pero si hacía eso, además de haber perdido a Esther, también perdería a Marie, mi
trabajo, mi futuro, el respeto por mí mismo y por todo lo que había dicho y escrito.
Entré al ver que la gente empezaba a salir. Mikhail apareció ya cambiado de ropa.
Lo que sucedió en el restaurante...
No te preocupes respondí. Vamos a pasear a orillas del Sena.
Marie entendió el mensaje, dijo que tenía que acostarse temprano aquella noche. Le pedí que
compartiésemos el taxi hasta el puente que queda frente a la torre Eiffel, así yo podría volver
a pie a casa. Se me ocurrió preguntarle a Mikhail dónde vivía, pero pensé que la pregunta po-
día ser interpretada como una tentativa de verificar, con mis propios ojos, que Esther no esta-
ba con él.
En el camino, ella le preguntaba insistentemente a Mikhail qué era aquella «reunión», y él
respondía siempre lo mismo: una manera de recuperar el amor. Aprovechó para decir que le
había gustado mi historia sobre los raíles de tren.
Fue así como se perdió el amor dijo. Cuando empezamos a establecer exactamente las re-
glas para que él pudiese manifestarse.
¿Y cuándo fue eso? preguntó Marie.
No lo sé. Pero sé que es posible hacer que esa energía retorne. Lo sé, porque cuando danzo,
o cuando oigo la voz, el amor habla conmigo.
Marie no sabía qué era «oír la voz», pero ya habíamos llegado al puente. Bajamos y empeza-
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