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quieroleer El zahir Paulo Coelho
tras diferentes opiniones de la sociedad y de los seres humanos. Permanezco en silencio,
aguardando el siguiente paso.
Hablando de libertad, puede usted marcharse dice el inspector un poco decepcionado ante
el hecho de que el escritor se niegue a hablar con la policía. Ahora que lo conozco personal-
mente, voy a leer sus libros; en verdad, he dicho que no me gustaban, pero nunca he leído
ninguno.
No es la primera ni la última vez que oigo esta frase. Por lo menos, el episodio ha servido para
ganar otro lector. Me despido y me voy.
Soy libre. He salido de prisión, mi mujer ha desparecido en circunstancias misteriosas, no
tengo un horario fijo para trabajar, no tengo problemas para relacionarme, soy rico, famoso y,
si de verdad Esther me ha abandonado, encontraré rápidamente a alguien para sustituirla. Soy
libre e independiente.
¿Pero qué es la libertad?
He pasado gran parte de mi vida siendo esclavo de algo, así que debería entender el significa-
do de esta palabra. Desde niño he luchado para que fuese mi tesoro más importante. Luché
contra mis padres, que querían que fuese ingeniero en vez de escritor. Luché contra mis ami-
gos en el colegio, que ya desde el principio me escogieron para ser víctima de sus bromas
perversas, y sólo después de mucha sangre brotada de mi nariz y de la de ellos, sólo después
de muchas tardes en las que tenía que esconderle a mi madre las cicatrices porque era yo el
que debía resolver mis problemas, y no ella, conseguí demostrar que podía sobrellevar una
paliza sin llorar. Luché para conseguir un trabajo del que vivir, trabajé de repartidor en una
ferretería, para librarme del famoso chantaje familiar, «nosotros te damos dinero, pero tienes
que hacer esto y aquello».
Luché aunque sin ningún resultado por la chica que amaba en la adolescencia y que tam-
bién me amaba; acabó dejándome porque sus padres la convencieron de que yo no tenía fu-
turo.
Luché contra el ambiente hostil del periodismo, mi siguiente empleo, donde el primer jefe me
tuvo tres horas esperando, y no me prestó atención hasta que empecé a romper en pedazos el
libro que estaba leyendo: me miró sorprendido, y vio que era una persona capaz de perseverar
y de enfrentarse al enemigo, cualidades esenciales para un buen reportero. Luché por el ideal
socialista, acabé en prisión, salí y seguí luchando, sintiéndome héroe de la clase obrera, hasta
que escuché a los Beatles y decidí que era mucho más divertido disfrutar del rock que de
Marx. Luché por el amor de mi primera, mi segunda, mi tercera mujer. Luché para tener el
valor de separarme de la primera, de la segunda y de la tercera, porque el amor no había resis-
tido, y yo necesitaba seguir adelante, hasta encontrar a la persona venida a este mundo para
conocerme, y no era ninguna de las tres.
Luché para tener el valor de dejar el trabajo en el periódico y lanzarme a la aventura de escri-
bir un libro, incluso sabiendo que en mi país no había nadie que pudiese vivir de la literatura.
Desistí al cabo de un año, después de más de mil páginas escritas, que parecían absolutamente
geniales porque ni yo mismo era capaz de comprenderlas.
Mientras luchaba, veía a personas hablando en nombre de la libertad, y cuanto más defendían
este derecho único, más esclavas se mostraban de los deseos de sus padres, de un matrimonio
en el que prometían quedarse junto al otro «el resto de su vida», de la báscula, de los regíme-
nes, de los proyectos interrumpidos a la mitad, de los amores a los que no se podía decir «no»
o «basta», de los fines de semana en que se veían obligadas a comer con quien no deseaban.
Esclavas del lujo, de la apariencia del lujo, de la apariencia de la apariencia del lujo. Esclavas
de una vida que no habían escogido, pero que habían decidido vivir porque alguien las había
convencido de que era mejor para ellas. Y así seguían en sus días y noches iguales, donde la
aventura era una palabra en un libro o una imagen en la televisión siempre encendida, y cuan-
do una puerta cualquiera se abría, siempre decían: «No me interesa, no me apetece.»
¿Cómo podían saber si les apetecía o no si nunca lo habían intentado? Pero era inútil pregun-
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