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quieroleer El zahir Paulo Coelho

devora, o bien espera que uno de nosotros vaya a su encuentro, o ha encontrado a otro hom-
bre, o ha desistido del mundo. Sea como fuere, si decides ir a su encuentro, yo no puedo im-
pedirlo. Pero pienso que, en tu caso, tienes que aprender el camino que te lleve a encontrar no
sólo su cuerpo, sino también su alma.
Yo quería reír, quería abrazarlo o quería matarlo; las emociones cambiaban con una rapidez
impresionante.
­Tú y ella...
­¿Nos acostamos? No te interesa. Pero encontré en Esther la compañera que estaba buscando,
la persona que me ayudó a empezar la misión que me fue confiada, el ángel que me abrió las
puertas, los caminos, las veredas que nos permitirán ­si la Señora quiere­ traer de nuevo la
energía del amor a la Tierra. Compartimos la misma misión.
»Y simplemente, para que te quedes más tranquilo: tengo una novia, la chica rubia que estaba
en el escenario. Se llama Lucrecia, es italiana.
­¿Me estás diciendo la verdad?
­En nombre de la Energía Divina, te estoy diciendo la verdad.
Sacó un trozo de tela oscura del bolsillo.
­¿Ves esto? En verdad, el color de la tela es verde: parece negra porque tiene sangre coagula-
da.
»Un soldado, en algún país del mundo, le pidió algo antes de morir: ella tenía que quitarle la
camisa, cortarla en varios trozos y distribuirlos entre quienes pudiesen entender el mensaje de
aquella muerte. ¿Tú tienes un trozo?
­Esther jamás me habló de ese tema.
­Cuando ella encuentra a alguien que debe recibir el mensaje, también le da un poco de san-
gre del soldado.
­¿Cuál es ese mensaje?
­Si ella no te dio un trozo, no creo que pueda decirte nada al respecto, aunque no me haya pe-
dido que le guarde el secreto.
­¿Conoces a alguien más que tenga un trozo de esta tela?
­Todas las personas que estaban en el escenario. Estamos juntos porque Esther nos unió.

Tenía que ir con cuidado, establecer una relación. Hacer un depósito en el Banco de Favores.
No asustarlo, no mostrar ansiedad. Hacerle preguntas sobre él, sobre su trabajo, sobre su país,
del cual había hablado con tanto orgullo. Saber si lo que me estaba diciendo era verdad o si
tenía otras intenciones. Tener la absoluta certeza de que todavía mantenía contacto con Esther
o si también había perdido su pista. Incluso viniendo de un lugar tan distante, donde los valo-
res tal vez fuesen otros, yo sabía que el Banco de Favores funcionaba en cualquier parte, era
una institución que no conocía fronteras.
Por un lado, quería creer en todo lo que decía. Por otro, mi corazón ya había sufrido y sangra-
do mucho, por las mil y una noches en que me quedaba despierto, esperando el ruido de la
llave girando en la cerradura, esperando que Esther entrase y se acostase a mi lado, sin decir
nada. Me había prometido a mí mismo que, si eso sucedía un día, jamás le haría pregunta al-
guna, simplemente la besaría, le diría «que duermas bien, amor mío» y despertaríamos juntos
al día siguiente, cogidos de la mano, como si aquella pesadilla jamás hubiese sucedido.
Roberto llegó con las pizzas; parecía tener un sexto sentido, apareció en el momento en el que
necesitaba ganar tiempo para pensar.
Volví a mirar a Mikhail. «Calma, controla tu corazón o te va a dar un infarto.» Bebí un vaso
entero de vino y vi que él hacía lo mismo.
¿Por qué estaba nervioso?
­Creo lo que me dices. Tenemos tiempo para hablar.
­Me vas a pedir que te lleve donde está ella.
Me había estropeado el juego; tenía que volver a empezar.
­Sí, te lo voy a pedir. Voy a intentar convencerte. Voy a hacer todo lo posible para conseguir-
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