29
quieroleer El zahir Paulo Coelho
que sería que viviésemos juntos, escucho que todavía es pronto para eso, pienso que tal vez
sientas que puedes perderme como perdiste a Esther o que todavía esperas su regreso, o que te
verás privado de tu libertad, tienes miedo de quedarte solo, y tienes miedo de estar acompaña-
do; en fin, una completa locura, esta relación nuestra. Pero ya que me lo has preguntado, ésta
es la respuesta: te quiero mucho.
Entonces, ¿por qué has hecho eso?
Por que no puedo vivir eternamente con el fantasma de la mujer que se marchó sin explica-
ciones. He leído tu libro. Creo que, hasta que la encuentres, hasta que resuelvas este asunto, tu
corazón no podrá ser realmente mío.
»Fue eso lo que pasó con mi vecino: lo tenía lo suficientemente cerca para ver que fue cobar-
de con nuestra relación, que jamás asumió lo que él tanto deseaba, pero que creía demasiado
peligroso tener. Has dicho muchas veces que la libertad absoluta no existe; lo que existe es la
libertad de escoger cualquier cosa, y a partir de ahí comprometerse con esa decisión. Cuanto
más cerca estaba de mi vecino, más te admiraba a ti: un hombre que aceptó seguir amando a
una mujer que lo abandonó, que ya no quiere saber nada de él. No sólo lo aceptaste, sino que
decidiste hacerlo público. Éste es un párrafo de tu libro que me sé de memoria: «Cuando no
tuve nada que perder, lo recibí todo. Cuando dejé de ser quien era, me encontré a mí mismo.
Cuando conocí la humillación y aun así seguí caminando, entendí que era libre para escoger
mi destino. No sé si estoy loco, si mi matrimonio fue un sueño que no conseguí entender
mientras duró. Sé que puedo vivir sin ella, pero me gustaría volver a verla para decirle lo que
nunca le dije mientras estábamos juntos: te amo más que a mí mismo. Si pudiera decirle eso,
entonces podría seguir adelante, en paz, porque este amor me ha redimido.»
Mikhail me ha dicho que Esther debe de haberlo leído. Es suficiente.
Aun así, para poder tenerte, es preciso que la encuentres y se lo digas cara a cara. Tal vez sea
imposible, puede que ella no quiera volver a verte, pero lo habrás intentado. Yo me libraré de
la «mujer ideal», y tú ya no tendrás la presencia absoluta del Zahir, como tú lo llamas.
Tienes valor.
No, tengo miedo. Pero no tengo elección.
A la mañana siguiente, me juré a mí mismo que no iba a intentar saber el paradero de Esther.
Inconscientemente, durante dos años preferí creer que se había visto forzada a marcharse, se-
cuestrada o chantajeada por un grupo terrorista. Pero ahora que sabía que estaba viva, pasán-
dolo muy bien como me había dicho aquel chico, ¿por qué insistir en volver a verla? Mi ex
mujer tenía derecho a buscar la felicidad, y yo debía respetar su decisión. Este pensamiento
duró poco más de cuatro horas: al final de la tarde, fui hasta una iglesia, encendí una vela, y
de nuevo hice una promesa, esta vez de manera sagrada, ritual: intentar encontrarla. Marie
tenía razón, ya era lo suficientemente adulto como para seguir engañándome, fingiendo que
no me importaba. Yo respetaba su decisión de marcharse, pero la misma persona que tanto me
había ayudado a construir mi vida casi me había destruido. Siempre había sido valiente: ¿por
qué esta vez había huido como un ladrón en medio de la noche, sin mirar a su marido a los
ojos y explicarle la razón? Éramos lo suficientemente adultos para actuar de un determinado
modo y aguantar las consecuencias de nuestros actos: el comportamiento de mi mujer
corrijo: ex mujer no era propio de ella, yo necesitaba saber por qué.
Todavía faltaba una semana una eternidad para la obra de teatro. En los días que siguieron,
acepté dar entrevistas que no había aceptado
nunca, escribí varios artículos para el periódico, hice yoga, meditación, leí un libro sobre un
pintor ruso, otro sobre un crimen en el Nepal, escribí dos prefacios e hice cuatro recomenda-
ciones de libros a editores que siempre me lo pedían, y a lo que yo siempre me negaba.
Aun así, todavía quedaba mucho tiempo, y aproveché para pagar algunas cuentas del Banco
de Favores, aceptando invitaciones para cenar, rápidas conferencias en colegios en los que
estudiaban hijos de amigos, visita a un club de golf, autógrafos improvisados en la librería de
29
quieroleer
|
|