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quieroleer El zahir Paulo Coelho


Dedicatoria

En el coche, le había comentado que había puesto el punto y final a la primera versión de mi
libro. Al empezar a subir juntos una montaña en los Pirineos, que consideramos sagrada y en
la que hemos vivido momentos extraordinarios, le pregunté si quería saber cuál era el tema
central o el título. Ella respondió que le gustaría mucho preguntármelo, pero que, por respeto
a mi trabajo, no había dicho nada, simplemente se había puesto contenta, muy contenta.
Le dije el título y el tema central. Seguimos caminando en silencio, y en la curva, oímos un
ruido; era el viento que se acercaba, pasando por encima de los árboles sin hojas, bajando has-
ta nosotros, haciendo que la montaña mostrase de nuevo su magia, su poder.
Después llegó la nieve. Paré y me quedé contemplando aquel momento: los copos cayendo, el
cielo gris ceniza, el bosque, ella a mi lado. Ella, que siempre ha estado a mi lado, todo el
tiempo.
Quise decírselo en aquel momento, pero lo dejé para que se enterase cuando hojease por pri-
mera vez estas páginas. Este libro está dedicado a ti, Cristina, mi mujer.
EL AUTOR


Según el escritor Jorge Luis Borges, la idea del Zahir procede de la tradición islámica, y se
estima que surgió en torno al siglo XVIII. En árabe, Zahir significa visible, presente, incapaz
de pasar desapercibido. Algo o alguien con el que, una vez entramos en contacto, acaba ocu-
pando poco a poco nuestro pensamiento, hasta que no somos capaces de concentrarnos en na-
da más. Eso se puede considerar santidad o locura.
Enciclopedia de lo Fantástico, 1953, Faubourg Saint­Peres

Soy un hombre libre

Ella, Esther, corresponsal de guerra recién llegada de Irak porque la invasión del país es inmi-
nente, treinta años, casada, sin hijos. Él, un hombre no identificado, aproximadamente veinti-
trés o veinticinco años, moreno, rasgos mongoles. Ambos fueron vistos por última vez en un
café de la calle Faubourg Saint­Honoré.
La policía fue informada de que ya se habían visto antes, aunque nadie sabía cuántas veces:
Esther siempre dijo que el hombre ­cuya identidad ocultaba bajo el nombre de Mikhail­ era
alguien muy importante, aunque jamás explicó si era importante para su carrera de periodista,
o para ella, como mujer.
La policía inició una investigación formal. Se barajaron las posibilidades de secuestro, chanta-
je y secuestro seguido de muerte, lo cual no sería de extrañar en absoluto, ya que su trabajo la
obligaba a estar frecuentemente en contacto con personas ligadas a células terroristas, en bus-
ca de información. Descubrieron que en su cuenta bancaria se retiró regularmente dinero en
las semanas anteriores a su desaparición: los investigadores consideraron que eso podía estar
relacionado con el pago de información. No se había llevado ninguna prenda de ropa pero,
curiosamente, su pasaporte no fue encontrado.
Él, un desconocido, muy joven, sin ficha en la policía, sin ninguna pista que permitiese su
identificación.
Ella, Esther, dos premios internacionales de periodismo, treinta años, casada.
Mi mujer.
Inmediatamente me ponen bajo sospecha y soy detenido, ya que me he negado a decir cuál era
mi paradero el día de su desaparición. Pero el carcelero acaba de abrir la puerta y ha dicho que
soy un hombre libre.
¿Por qué soy un hombre libre? Porque hoy en día todo el mundo lo sabe todo de todo el mun-
do, sólo con desear la información, ahí está: dónde se utilizó la tarjeta de crédito, sitios que
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