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quieroleer El zahir Paulo Coelho
había pedido, y estuvo con nosotros durante la única cena a la que asistimos juntos). La can-
tante decía que no había nada entre nosotros si no había nada entre nosotros, ¿por qué habían
puesto nuestra foto en la portada? y aprovechaba para decir que estaba lanzando un nuevo
disco. Tanto la revista como yo habíamos sido utilizados para promocionarla, y hasta hoy no
sé si el fracaso de su trabajo fue consecuencia de este tipo de promoción barata (por cierto, su
disco no era malo; lo que lo estropeó todo fueron las notas de prensa).
Pero el escándalo con el famoso escritor no duró mucho: en Europa, y principalmente en
Francia, la infidelidad no sólo es aceptada, sino que incluso es secretamente admirada. Y a
nadie le gusta leer cosas sobre algo que puede sucederle a uno mismo.
El tema dejó las portadas, pero las hipótesis continuaban: secuestro, abandono del hogar por
culpa de los malos tratos (foto de un camarero diciendo que discutíamos con mucha frecuen-
cia: recuerdo que realmente un día discutí allí con Esther, furiosamente, sobre su opinión so-
bre un escritor sudamericano, que era completamente opuesta a la mía). Un tabloide inglés
alegó aunque sin grandes repercusiones que mi mujer había entrado en la clandestinidad,
apoyando a una organización terrorista islámica.
Pero en este mundo repleto de traiciones, divorcios, asesinatos y atentados, un mes después, el
asunto había sido olvidado por el gran público. Años de experiencia me han enseñado que es-
te tipo de noticia jamás afectaría a mi lector fiel (ya había sucedido en el pasado, cuando un
programa de televisión argentino sacó a un periodista diciendo tener «pruebas» de que yo
había tenido una cita secreta en Chile con la futura primera dama del país, y mis libros siguie-
ron en la lista de los más vendidos).
El sensacionalismo fue hecho para durar sólo quince minutos, como decía un artista america-
no. Mi gran preocupación era otra: reorganizar mi vida, encontrar un nuevo amor, volver a
escribir libros y guardar, en el pequeño cajón que se encuentra en la frontera entre el amor y el
odio, cualquier recuerdo de mi mujer.
O mejor dicho (tenía que aceptar ya el término): de mi ex mujer.
Parte de lo que había previsto en aquella habitación de hotel acabó sucediendo. Me pasé un
tiempo sin salir de casa; no sabía cómo enfrentarme a mis amigos, mirarlos a los ojos y decir
simplemente: «Mi mujer me ha dejado por un hombre más joven.» Cuando salía, nadie me
preguntaba nada, pero después de beber algunos vasos de vino yo me sentía obligado a sacar
el tema, como si pudiese leer los pensamientos de todos, como si creyese que no tenían otra
preocupación más que saber lo que estaba sucediendo en mi vida, pero fuesen lo suficiente-
mente educados como para no decir nada. Dependiendo de mi humor ese día, Esther era real-
mente la santa que merecía un destino mejor o la mujer pérfida, traidora, que me había en-
vuelto en una situación tan complicada, a punto de haber sido considerado un criminal.
Los amigos, los conocidos, los editores, los que se sentaban a mi mesa en las muchas cenas de
gala que me veía obligado a frecuentar, me escuchaban con alguna curiosidad al principio.
Pero, poco a poco, noté que intentaban cambiar de tema; el asunto les había interesado en al-
gún momento, pero ya no formaba parte de sus curiosidades cotidianas. Era más interesante
hablar sobre la actriz asesinada por el cantante, o sobre la adolescente que había escrito un
libro contando sus aventuras con políticos conocidos.
Un día, en Madrid, me di cuenta de que las invitaciones a eventos y a cenas habían empezado
a escasear: aunque le sentase muy bien a mi alma desahogar mis sentimientos, culpar o ben-
decir a Esther, comencé a entender que era peor que un marido traicionado: era una persona
aburrida que a nadie le gusta tener a su lado. A partir de ahí resolví sufrir en silencio, y las
invitaciones volvieron a inundar mi buzón de correo.
Pero el Zahir, en el cual yo pensaba con cariño o irritación al principio, seguía creciendo en
mi alma. Empecé a buscar a Esther en cada mujer que conocía. La veía en todos los bares, ci-
nes, paradas de autobús. Más de una vez mandé parar al conductor del taxi en el medio de la
calle o que siguiese a alguien, hasta que me convencía de que no era la persona que estaba
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