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quieroleer El zahir Paulo Coelho

an este o aquel dogma, y que muchas de las veces se convertían en fanáticos, justamente por-
que el fanatismo es la única salida a las dudas que no cesa de generar el alma del ser humano.

Descubrí que muchos de los rituales funcionaban, es verdad. Pero descubrí también que los
que decían ser maestros y poseedores de los secretos de la vida, que afirmaban conocer técni-
cas capaces de dar a cualquier hombre la capacidad de conseguir todo lo que quisiese, ya
habían perdido por completo la conexión con las enseñanzas de los antiguos. Recorrer el ca-
mino de Santiago, entrar en contacto con la gente común, descubrir que el universo hablaba
un lenguaje individual ­llamado «señales»­y para entenderlo bastaba con ver con la mente
abierta lo que ocurría a nuestro alrededor, todo eso me hizo dudar de si el ocultismo era real-
mente la única puerta para esos misterios. Entonces, en el libro sobre el camino, empiezo a
discutir otras posibilidades de crecimiento, y termino concluyendo con una frase: «Basta con
prestar atención; el aprendizaje siempre llega cuando estás preparado, y si estás atento a las
señales, aprenderás siempre todo lo necesario para dar el siguiente paso.»
El ser humano tiene dos grandes problemas: el primero es saber cuándo comenzar, el segundo
es saber cuándo parar.

Una semana después, empiezo la primera, la segunda, la tercera revisión. Madrid ya no me
mata, es hora de volver; siento que un ciclo se ha cerrado y necesito urgentemente comenzar
otro. Digo adiós a la ciudad como siempre he dicho adiós en mi vida: pensando que puedo
cambiar de idea y volver algún día.
Regreso a mi país con Esther, seguro de que tal vez sea hora de buscar otro empleo, pero
mientras no lo encuentro (y no lo encuentro porque no lo necesito), sigo haciendo revisiones
del libro. No creo que ningún ser humano normal pueda sentir un gran interés por la experien-
cia de un hombre que atraviesa un camino en España, romántico pero difícil.
Cuatro meses después, cuando voy a hacer la décima revisión, descubro que el manuscrito ya
no está allí y Esther tampoco. Cuando estoy a punto de enloquecer, ella vuelve con un res-
guardo del correo: se lo ha enviado a un antiguo novio suyo, que ahora es dueño de una pe-
queña editorial.
El ex novio lo publica. Ni una línea en la prensa, pero alguna gente lo compra. Se lo reco-
mienda a otra, que también lo compra y se lo recomienda a más gente. Seis meses después, la
primera edición está agotada; un año después, ya se han publicado tres ediciones. Empiezo a
ganar dinero con aquello que nunca soñé: la literatura.

No sé cuánto va a durar este sueño, pero decido vivir cada momento como si fuese el último.
Y veo que el éxito me abre la puerta que esperaba hace tanto tiempo: otras editoriales desean
publicar el siguiente trabajo.
Lo que pasa es que no se puede hacer un camino de Santiago todos los años; entonces, ¿sobre
qué voy a escribir? ¿Acaso el drama de sentarme delante de la máquina y hacer de todo ­
menos frases y párrafos­ va a comenzar de nuevo? Es importante seguir compartiendo mi vi-
sión del mundo, contar mis experiencias de vida. Lo intento durante algunos días, muchas no-
ches, decido que es imposible. Una tarde, leo por casualidad (¿por casualidad?) una historia
interesante en Las mil y una noches; allí está el símbolo de mi propio camino, algo que me
ayuda a comprender quién soy y por qué he tardado tanto en tomar la decisión que siempre ha
estado esperándome. Uso dicho cuento como base para escribir sobre un pastor de ovejas que
va en busca de su sueño, un tesoro escondido en las pirámides de Egipto. Hablo del amor que
queda esperándolo, como Esther me había esperado mientras yo daba vueltas y más vueltas en
la vida.
Ya no soy aquel que soñaba con ser algo: soy. Soy el pastor que atraviesa el desierto, pero
¿dónde está el alquimista que lo ayuda a seguir adelante? Cuando acabo la nueva novela, no
entiendo muy bien lo que está allí escrito: parece un cuento de hadas para adultos, pero a los
adultos les interesan más las guerras, el sexo, las historias sobre poder. Aun así, el editor la
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