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quieroleer El zahir Paulo Coelho

peraba a Dante para que la rescatase. El vacío de la estepa estaba lleno de tus recuerdos, de
los momentos que pasamos juntos, de los países que hemos visitado, de nuestras alegrías, de
nuestras peleas. Entonces, miré hacia atrás, hacia el camino que mis pasos habían dejado, y no
te vi.
»Sufrí mucho. Entendí que había hecho un camino sin retorno, y cuando reaccionamos así,
sólo podemos seguir adelante. Fui a ver al nómada que había conocido, le pedí que me ense-
ñase a olvidar mi historia personal, que me abriese al amor que está presente en todos los lu-
gares. Empecé a aprender la tradición tengri con él. Un día, miré hacia un lado y vi este amor
reflejado en un par de ojos: un pintor llamado Dos.
Yo no dije nada.
­Estaba muy dolida, no podía creer que fuese posible volver a amar otra vez. Él no me dijo
mucho, sólo me enseñó a hablar ruso, y me contaba que en las estepas siempre usan la palabra
«azul» para describir el cielo, aunque esté gris, porque saben que encima de las nubes sigue
siendo azul. Me cogió de la mano y me ayudó a atravesar las nubes. Me enseñó a amar antes
de amarlo. Me demostró que mi corazón estaba a mi servicio y al servicio de Dios, y no al
servicio de los demás.
»Dijo que mi pasado me acompañaría siempre, pero que cuanto más me liberase de los hechos
y me concentrase sólo en las emociones, entendería que en el presente hay siempre un espacio
tan grande como la estepa para llenarlo con más amor y más alegría de vivir.
«Finalmente, me explicó que el sufrimiento nace cuando esperamos que los demás nos amen
de la manera que imaginamos y no de la manera con la que el amor debe manifestarse: libre,
sin control, guiándonos con su fuerza, impidiéndonos parar.

Retiré la cabeza de su hombro y la miré.
­¿Y tú lo amas?
­Lo amé.
­¿Sigues amándolo?
­¿Crees que sería posible? ¿Crees que, si amara a otro hombre, al saber que ibas a llegar, to-
davía estaría aquí?
­Creo que no. Creo que has pasado la mañana esperando a que la puerta se abriese.
­Entonces, ¿por qué me haces esas preguntas tan tontas?
Por inseguridad, pensé. Pero era genial que hubiera intentado encontrar de nuevo el amor.
­Estoy embarazada.
Fue como si el mundo se desplomase sobre mi cabeza, pero duró sólo un segundo.
­¿Dos?
­No. Alguien que vino y se marchó.
Reí, aunque tuviese el corazón encogido.
­Al fin y al cabo, no hay mucho que hacer en este fin del mundo ­comenté.
­No es el fin del mundo ­respondió Esther, riendo también.
­Pero tal vez sea el momento de volver a París. Me han llamado de tu trabajo para preguntar
si sabía dónde podían encontrarte. Querían que hicieses un reportaje acompañando a una pa-
trulla de la OTAN por Afganistán. Tienes que responder que no puedes.
­¿Por qué no puedo?
­¡Estás embarazada! ¿Quieres que el bebé empiece a recibir desde tan pronto las energías ne-
gativas de una guerra?
­¿El bebé? ¿Crees que me va a impedir trabajar? Y además, ¿por qué estás preocupado? ¡No
es problema tuyo!
­¿No? ¿No fue gracias a mí que viniste a parar aquí? ¿O te parece poco?
Ella sacó del bolsillo de su vestido blanco un trozo de tela manchada de sangre y me lo dio
con los ojos llenos de lágrimas.
­Es para ti. Echaba de menos nuestras peleas.
Y después de una pausa:
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