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quieroleer El zahir Paulo Coelho

de España, visitamos pequeñas ciudades que significan mucho durante una noche y a las que,
si tuviera que volver hoy, no sabría dónde están. Vamos a corridas de toros, bailes flamencos,
y soy el mejor marido del mundo porque quiero que ella vuelva con la impresión de que aún
la amo. No sé por qué deseo dar esta impresión, tal vez para que crea que el sueño de Madrid
se acabará algún día.
Me quejo de su corte de pelo, ella lo cambia, está guapa otra vez.
Ahora faltan solamente diez días para que sus vacaciones se acaben, quiero que ella se vaya
contenta y me deje de nuevo solo con Madrid que me mata, discotecas que abren a las diez de
la mañana, toros, conversaciones interminables sobre los mismos temas, alcohol, mujeres,
más toros, más alcohol, más mujeres y ningún, absolutamente ningún horario.

Un domingo, caminando hacia una cafetería que está abierta toda la noche, ella me pregunta
sobre el tema prohibido: el libro que yo decía estar escribiendo. Bebo una botella de jerez,
golpeo las puertas de metal del camino, agredo verbalmente a la gente en la calle, le pregunto
por qué ha viajado hasta tan lejos si su único objetivo es hacer de mi vida un infierno, destruir
mi alegría. Ella no dice nada, pero ambos entendemos que nuestra relación ha llegado al lími-
te.
Paso una noche sin sueños y al día siguiente, después de quejarme al gerente porque el teléfo-
no no funciona bien, después de decirle a la camarera de habitaciones que no cambia la ropa
de la cama desde hace una semana, después de darme un baño interminable para curar la resa-
ca de la noche anterior, me siento delante de la máquina simplemente para demostrarle a Est-
her que, honestamente, estoy intentando trabajar.
Y de repente ocurre el milagro: viendo a aquella mujer delante de mí, que acaba de preparar el
café, que está leyendo el periódico, cuyos ojos demuestran cansancio y desesperación, que
está allí con su gesto siempre silencioso, que no siempre demuestra su cariño a través de ges-
tos, aquella mujer que me hizo decir «sí» cuando quería decir «no», que me obligó a luchar
por lo que ella creía ­con razón­ que era la razón de mi vida, que renunció a mi compañía
porque su amor por mí era mayor incluso que su amor por sí misma, que me hizo viajar en
busca de mi sueño; viendo a aquella mujer casi niña, callada, con ojos que decían más que
cualquier palabra, muchas veces amedrentada en su corazón, pero siempre valiente en sus ac-
tos, siendo capaz de amar sin humillarse, sin pedir perdón por luchar por su marido, de repen-
te, mis dedos golpean las teclas de la máquina. Sale la primera frase. Y la segunda.
Entonces me paso dos días sin comer, duermo sólo lo necesario, las palabras parecen brotar de
un lugar desconocido, como ocurría con las letras de las canciones en la época en que, des-
pués de muchas discusiones, muchas conversaciones sin sentido, mi compañero y yo sabía-
mos que «eso» estaba presente, listo, y era el momento de ponerlo sobre el papel y las notas
musicales. Esta vez sé que «eso» viene del corazón de Esther, mi amor renace de nuevo, es-
cribo el libro porque ella existe, ha superado los momentos difíciles sin quejarse, sin verse
como una víctima.

Empiezo a contar mi experiencia en lo único que me ha interesado en los últimos años: el ca-
mino de Santiago.
A medida que escribo, me voy dando cuenta de que estoy pasando por una serie de cambios
importantes en mi manera de ver el mundo. Durante muchos años había estudiado y practica-
do magia, alquimia, ciencias ocultas; estaba fascinado por la idea de que un grupo de personas
disponía de un poder inmenso que no podía de ninguna manera ser compartido con el resto de
la humanidad, pues sería arriesgadísimo dejar caer ese enorme potencial en manos inexpertas.
Participé de sociedades secretas, me envolví en sectas exóticas, compré libros carísimos y fue-
ra de mercado, desperdicié un tiempo inmenso en rituales e invocaciones. Vivía entrando y
saliendo de grupos y hermandades, siempre entusiasmado por encontrar a alguien que final-
mente me revelase los misterios del mundo invisible y siempre decepcionado al descubrir, al
final, que la mayoría de esas personas ­aunque fuesen bienintencionadas­ simplemente seguí-
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