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quieroleer El zahir Paulo Coelho
que imaginaba.
¿Mendigar? Miré cuidadosamente su mochila y su ropa para ver si encontraba el símbolo de
la «tribu», pero no vi nada.
¿Ha estado alguna vez en un restaurante armenio en París?
He estado en muchos restaurantes armenios, pero nunca en París.
¿Conoce a alguien llamado Mikhail?
Es un nombre muy común en esta región. Si lo conozco, no me acuerdo, y sintiéndolo mu-
cho, no puedo ayudarlo.
No se trata de eso. Simplemente me sorprenden ciertas coincidencias. Parece que mucha
gente, en muchos lugares del mundo, está tomando conciencia de lo mismo y comportándose
de manera muy semejante.
La primera sensación, cuando iniciamos este tipo de viaje, es creer que no vamos a llegar
nunca. La segunda es sentirse inseguro, abandonado, y pensar día y noche en desistir. Pero si
aguanta una semana, llegará hasta el final.
He peregrinado por las calles de una misma ciudad, pero hasta ayer no llegué a un sitio dife-
rente. ¿Puedo bendecirlo?
Me miró de manera extraña.
No viajo por motivos religiosos. ¿Es usted cura?
No soy cura, pero he sentido que debía hacerlo. Como sabe, ciertas cosas no tienen mucha
lógica.
El holandés llamado Jan, que yo nunca más volvería a ver en esta vida, bajó la cabeza y cerró
los ojos. Yo puse mis manos sobre sus hombros, y usando mi lengua natal que él nunca po-
dría entender, pedí que llegase a su destino con seguridad, que dejase en la Ruta de la Seda
la tristeza y la sensación de que la vida no tiene sentido, y que volviese a su familia con el al-
ma limpia y los ojos brillantes.
Él me dio las gracias, cogió su mochila y volvió a caminar. Regresé al hotel pensando que ja-
más, en toda mi vida, había bendecido a nadie. Pero había seguido un impulso, y el impulso
estaba bien, mi plegaria sería atendida.
Al día siguiente, Mikhail apareció con un amigo llamado Dos, que iba a acompañarnos. Dos
tenía un coche, conocía a mi mujer, conocía las estepas y también quería estar cerca cuando
llegase a la aldea en la que se encontraba Esther.
Pensé en quejarme: antes era Mikhail, ahora su amigo, y cuando por fin llegase al final, habría
un grupo inmenso siguiéndome, aplaudiendo o llorando, dependiendo de lo que me esperaba.
Pero estaba demasiado cansado para decir nada; al día siguiente cobraría la promesa que me
habían hecho: no dejar que nadie fuese testigo de aquel momento.
Entramos en el coche y seguimos algún tiempo por la Ruta de la Seda. Me preguntaron si sa-
bía lo que era, respondí que me había encontrado a un peregrino aquella noche, y ellos dijeron
que ese tipo de viaje se estaba haciendo cada vez más común, pronto empezaría a beneficiar a
la industria turística del país.
Dos horas después dejamos la carretera principal para seguir por una carretera secundaria,
hasta parar en el bunker en el que estábamos ahora comiendo pescado, escuchando el viento
suave que sopla de la estepa.
Esther fue muy importante para mí explicó Dos, enseñándome la foto de uno de sus cua-
dros, donde podía ver uno de los trozos de tela manchada de sangre. Yo soñaba con salir de
aquí, como Oleg...
Mejor llámame Mikhail o se va a hacer un lío.
Soñaba con salir de aquí, como mucha gente de mi edad. Un día, Oleg, o mejor dicho, Mi-
khail, me llamó por teléfono. Dijo que su benefactora había decidido pasar algún tiempo en la
estepa y quería que yo la ayudase. Acepté, creyendo que allí estaba mi oportunidad y que con-
seguiría los mismos favores: visado, pasaje y trabajo en Francia. Me pidió que la llevase a una
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