10
quieroleer El zahir Paulo Coelho

­Puedes, quieres, pero no lo haces ­dice ella­. Como tu problema no es conmigo, sino conti-
go mismo, es mejor que pases algún tiempo solo.
Me enseña un mapa. Debo ir hasta Madrid, donde cogeré un autobús hacia los Pirineos, en la
frontera con Francia. Allí empieza una ruta medieval, el camino de Santiago: debo hacerlo a
pie. Al final, ella estará esperándome, y entonces aceptará todo lo que digo: que ya no la amo,
que todavía no he vivido lo suficiente como para crear una obra literaria, que no quiero volver
a pensar en ser escritor, que todo era un simple sueño de adolescencia, nada más.

¡Es un alucine! La mujer con la que estoy hace dos largos años ­verdadera eternidad en una
relación amorosa­ decide mi vida, me hace dejar mi trabajo, ¡quiere que cruce a pie un país
entero! Es tan delirante que decido tomarlo en serio. Me emborracho durante varias noches,
con ella a mi lado emborrachándose también, aunque deteste la bebida. Me pongo agresivo, le
digo que tiene envidia de mi independencia, que esta loca idea surgió simplemente porque le
dije que quería dejarla. Ella dice que todo empezó cuando yo todavía estaba en el colegio y
soñaba con ser escritor. Ahora, basta de retrasarlo, o me enfrento a mí mismo, o me pasaré el
resto de mi vida casándome, divorciándome, contando bonitas historias sobre mi pasado y
empeorando cada vez más.
Evidentemente no puedo admitir que tenga razón, pero sé que está diciendo la verdad. Y
cuanto más me doy cuenta de ello, más agresivo me pongo. Ella acepta las agresiones sin que-
jarse; simplemente recuerda que la fecha del viaje se acerca.

Una noche, cerca del día señalado, ella se niega a hacer el amor. Me fumo un porro entero de
hachís, bebo dos botellas de vino y me desmayo en medio de la sala. Al despertar me doy
cuenta de que he tocado fondo y de que ahora lo que me queda es volver a la superficie. En-
tonces yo, que me enorgullezco tanto de mi coraje, veo lo cobarde que estoy siendo, resigna-
do, mezquino con mi propia vida. Esa mañana la despierto con un beso y le digo que voy a
hacer lo que me sugiere.

Viajo, y durante treinta y ocho días recorro a pie el camino de Santiago. Al llegar a Compos-
tela, entiendo que mi verdadera jornada empieza allí. Decido vivir en Madrid, vivir de mis
derechos de autor, dejar que un océano me separe del cuerpo de Esther, aunque oficialmente
sigamos juntos, hablando por teléfono con cierta frecuencia. Es muy cómodo seguir casado,
sabiendo que siempre puedo volver a sus brazos, y al mismo tiempo disfrutar de toda la inde-
pendencia del mundo.
Me enamoro de una científica catalana, de una argentina que hace joyas, de una chica que
canta en el metro. Los derechos de autor siguen entrando, y son suficientes para poder vivir
cómodamente, sin tener que trabajar, con tiempo libre para todo, incluso... para escribir un
libro.
El libro siempre puede esperar al día siguiente porque el alcalde de Madrid ha decidido que la
ciudad debía ser una fiesta, ha creado un eslogan interesante («Madrid me mata»), estimula la
visita de varios bares en la misma noche, inventa el romántico nombre de «movida madrile-
ña», y eso no puedo dejarlo para mañana, todo es muy divertido, los días son cortos, las no-
ches son largas.

Un bonito día, Esther telefonea y dice que vendrá a visitarme: según ella, tenemos que resol-
ver nuestra situación de una vez por todas. Separa su pasaje para una semana después, y así
me da tiempo de organizar una serie de disculpas (me voy a Portugal, pero vuelvo dentro de
un mes, le digo a la chica rubia que antes cantaba en el metro, que ahora duerme en el
apartho­tel y sale conmigo todas las noches a la movida madrileña). Ordeno el apartamento,
saco cualquier indicio de presencia femenina, les pido a mis amigos un silencio absoluto, mi
mujer va a venir a pasar un mes.
Esther baja del avión con un irreconocible y horrible corte de pelo. Viajamos hacia el interior
10


quieroleer

10