Santiago. La espada era sólo una consecuencia. Me gustaría encontrarla, pero más me gustaría saber qué
hacer con ella, porque necesitaba utilizarla de algún modo práctico, como había utilizado los e jercicios que
Petrus me enseñara.
Me detuve de repente. El pensamiento, hasta entonces sumergido, estalló. Todo en derredor quedó claro y una
ola incontrolable de Ágape brotó de dentro de mí. Deseé con todas mis fuerzas que Petrus estuviese allí, para
que pudiese contarle lo que quería saber de mí, lo único que en verdad esperaba que descubriese y que
coronaba todo ese enorme tiempo de enseñanzas por el Extraño Camino de Santiago: el secreto de mi espada.
Y el secreto de mi espada, como el secreto de cualquier conquista que el hombre busca en esta vida, era el
más sencillo del mundo: qué hacer con ella.
Jamás había pensado en esos términos. Durante el Extraño Camino de Santiago, todo lo que quería saber era
dónde estaba escondida mi espada. No me pregunté por qué deseaba encontrarla y para qué la necesitaba.
Estaba con toda mi energía vuelta hacia la recompensa, sin entender que cuando alguien desea algo, debe
tener una finalidad muy clara para lo que quiere.
Éste es el único motivo para buscarse una recompensa y éste era el secreto de mi espada.
Petrus necesitaba saber que yo había descubierto eso, pero estaba seguro de que no volvería a verlo más. Él
había esperado tanto ese día y no lo había visto.
Entonces, me arrodillé en silencio, arranqué una hoja de mi cuaderno de anotaciones y escribí lo que pretendía
hacer con mi espada. Después doblé cuidadosamente la hoja y la coloqué bajo una piedra, que me recordaba
su nombre y su amistad. En breve, el tiempo destruiría ese papel, pero simbólicamente se lo estaba
entregando a Petrus.
Él ya sabía lo que conseguiría con mi espada. Mi misión con Petrus también estaba cumplida. Seguí montaña
arriba, con Ágape fluyendo de mí y coloreando todo el paisaje a mi alrededor. Ahora que había descubierto el
secreto, descubriría lo que buscaba.
Una fe, una firme certeza invadió todo mi ser. Comencé a cantar la melodía italiana que Petrus había
recordado en el estacionamiento de trenes. Como no me sabía la letra, empecé a inventarla. No había nadie
cerca, cruzaba entre una espesa vegetación y el aislamiento me hizo cantar más alto. Al poco tiempo percibí
que las palabras que inventaba adquirían un absurdo sentido en mi cabeza; era un medio de comunicación con
el mundo que sólo yo conocía, pues ahora el mundo estaba enseñándome.
Lo había experimentado antes de una manera distinta, cuando tuve mi primer encuentro con Legión. Ese día se
había manifestado en mí el Don de Lenguas. Había sido siervo del Espíritu, que me utilizó para salvar a una
mujer, crear un Enemigo y enseñarme la forma cruel del Buen Combate. Ahora era diferente: yo era mi propio
Maestre y me enseñaba a conversar con el Universo.
Comencé a conversar con todas las cosas que aparecían por el camino: troncos de árboles, pozas de agua,
hojas caídas y enredaderas vistosas. Era un ejercicio de personas comunes que los niños enseñaban y los
adultos olvidaban, pero había una maravillosa respuesta de parte de las cosas, como si entendiesen lo que
estaba diciendo y a cambio me inundaran con el Amor que Devora.
Entré en una especie de trance y me asusté, pero estaba dispuesto a seguir hasta cansarme de aquel juego.
Una vez más Petrus tenía razón: enseñándome a mí mismo, me transformaba en Maestre.
Llegó la hora del almuerzo y no me detuve a comer. Cuando atravesaba las pequeñas poblaciones por el
camino, hablaba en voz más baja, me reía solo y si por ventura alguien me prestó atención, debió haber
concluido que los peregrinos de hoy llegaban locos a la catedral de Santiago, pero esto no tenía importancia,
porque yo celebraba la vida a mi alrededor y ya sabía lo que debía hacer con mi espada cuando la encontrase.
Durante el resto de la tarde caminé en trance, consciente de adónde quería llegar, pero mucho más aún de la
vida que me rodeaba y que me devolvía Ágape.
En el cielo comenzaron a formarse, por primera vez, negros nubarrones, y rogué que lloviera, porque después
de tanto tiempo de caminata y de sequía, la lluvia era otra vez una experiencia nueva, excitante. A las tres de la
tarde pisé tierras de Galicia y en mi mapa vi que faltaba sólo una montaña para completar la travesía de
aquella etapa. Decidí que habría de cruzarla y dormir en el primer lugar habitado de la bajada: Tricastela,
donde un gran rey -Alfonso IX- soñó crear una inmensa ciudad, que muchos siglos después aún no pasaba de
ser un poblado rural.
Todavía cantando y hablando la lengua que había inventad. Para conversar con las cosas, empecé a subir la
montaña que faltaba: el Pedrafita de Cebreiro. El nombre Provenía de remotos Poblados romanos del lugar y
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parecía indicar el mes de "fevereiro" , donde algo importante debió haber sucedido. Antiguamente era
considerado el Paso más difícil de la Ruta Jacobea, pero hoy las cosas habían cambiado. Excepto por la
subida, más empinada que las otras, una antena de televisión, en un monte cercano, servía siempre de
referencia a los peregrinos y evitaba constantes desvíos de ruta, comunes y fatales en el pasado. Las nubes
comenzaron a bajar mucho y en poco tiempo estaría entrando en la neblina. Para llegar a Tricastela, debía
seguir con todo cuidado las marcas amarillas, ya que la antena de televisión estaba oculta por la neblina. Si me
perdiera, terminaría durmiendo una noche más a la intemperie, y aquel día, con amenaza de lluvia, la
experiencia parecía bastante desagradable. Una cosa es dejar que las gotas te caigan en el rostro, gozar a


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Tebrero en gallego Y Portugués (n. de la t.).

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