Se levantó, tomó su equipaje y se dirigió al establecimiento. Yo no me moví; permanecí sentado, mirando la
manera displicente como cargaba mi espada, que amenazaba con resbalar de debajo de su brazo en cualquier
momento.
Se detuvo a medio camino, regresó hasta la mesa donde yo estaba, me estampó un sonoro beso en la boca y
me miró sin decir nada durante mucho tiempo.
De repente me di cuenta de que estaba en España y de que ya no podía dar marcha atrás. Aun con la horrible
certeza de que tenía muchas probabilidades de fracasar, ya había dado el primer paso. Entonces la abracé con
mucho amor, con todo el amor que sentía en ese momento, y mientras la tenía en mis brazos recé por todo y
por todos los que creía, les imploré que me dieran fuerzas para volver con ella y con la espada.
Bonita espada, ¿viste? comentó una voz femenina en la mesa de al lado, luego de que mi mujer partiera.
No te preocupes -respondió una voz de hombre. Te voy a comprar una exactamente igual. Aquí en España, las
tiendas para turistas tienen miles como ésas.
Después de conducir durante una hora, el cansancio acumulado por la noche anterior comenzó a hacerse
sentir. Además, el calor de agosto era tan fuerte que, aun cuando anduviera por una carretera sin tráfico, el
coche comenzaba a mostrar problemas de sobrecalentamiento. Resolví parar un poco en un pueblo que los
carteles de la carretera anunciaban como monumento nacional. Cuando subía la escarpada ladera que me
conduciría hasta él, comencé a recordar una vez más todo lo aprendido sobre el Camino de Santiago.
Así como la tradición musulmana exige que todo fiel haga, por lo menos una vez en la vida, la peregrinación
que Mahoma hizo de La Meca a Medina, durante el primer milenio del cristianismo se conocieron tres rutas
consideradas sagradas y que redituaban una serie de bendiciones e indulgencias a quien recorriese cualquiera
de ellas. La primera ruta llevaba a la tumba de San Pedro, en Roma; sus caminantes tenían como símbolo una
cruz y se les l amaba romeros. La segunda ruta llevaba hasta el Santo Sepulcro de Cristo, en Jerusalén, y los
que la seguían eran llamados palmeros porque tenían como símbolo las palmas con que Cristo fue saludado
cuando entró en la ciudad. Por último, existía un tercer camino -uno que llevaba a los restos mortales del
apóstol Santiago, enterrados en un lugar de la Península Ibérica donde cierta noche un pastor había visto una
brillante estrella sobre un campo. Cuenta la leyenda que no sólo Santiago, sino también la propia virgen María
estuvo por allí inmediatamente después de la muerte de Cristo, llevando la palabra del Evangelio y exhortando
a los pueblos a convertirse. El lugar terminó siendo conocido como Compostela, el campo de la estrella- y
luego surgió una ciudad q atraería viajeros de todo el mundo cristiano. A estos viajeros que recorrían la
ue
tercera ruta sagrada, les fue dado el nombre de peregrinos, y tuvieron como símbolo una concha.
En su época dorada, en el siglo XIV, la Vía Láctea (porque en la noche los peregrinos se orientaban por esta
galaxia) llegó a ser recorrida cada año por más de un millón de personas, procedentes de todos los rincones de
Europa. Hasta hoy, místicos, religiosos e investigadores aún recorren a pie los setecientos kilómetros que
1
separan la ciudad francesa de San Juan Pied-de-Port de la catedral de Santiago de Compostela, en España.
Gracias al sacerdote francés Aymeric Picaud, que peregrinó hasta Compostela en 112 3, la ruta seguida hoy
por los peregrinos es exactamente igual al camino medieval recorrido por Carlomagno, San Francisco de Asís,
Isabel de Castilla y, más recientemente, por el papa Juan XXIII, entre muchos otros.
Picaud escribió cinco libros sobre su experiencia y fueron presentados como trabajo del papa Calixto 11 -
devoto de Santiago-- y conocido más tarde como el Codex Calixtinus. En su Libro V, Liber Saneti Jacobi,
Picaud enumera las marcas naturales, fuentes, hospitales, refugios y ciudades que se extendian a lo largo del
camino. Basada en las notas de Picaud, una sociedad, "les amis de Saint-Jaeques"* (Santiago es Saint-
Jacques en francés, James en inglés, Giacomo en italiano, Jacob en latín), se encarga de mantener hasta hoy
estas marcas naturales y de orientar a los peregrinos.
Alrededor del siglo XII, la nación española comenzó a aprovechar la mística de Santiago en su lucha contra los
moros que habían invadido la península. Se crearon varias órdenes militares a lo largo del Camino, y las
cenizas del apóstol se tornaron en poderoso talismán espiritual para combatir a los musulmanes que decían
tener consigo un brazo de Mahoma.
Sin embargo, al terminar la reconquista, las órdenes militares eran tan fuertes que comenzaron a ser una
amenaza para el Estado, lo que obligó a los reyes católicos a intervenir directamente para e vitar que se
levantaran contra la nobleza. Por ello, el Camino poco a poco fue cayendo en el olvido y, de no ser por
manifestaciones artísticas esporádicas ---como La vía láctea de Buñuel o "Cantares" de Juan Manuel Serrat,
hoy en día nadie sería capaz de recordar que por allí pasaron miles de personas que más tarde poblarían el
Nuevo Mundo.
El pueblo al que llegué estaba absolutamente desierto. Después de mucho buscar, encontré una pequeña
cantina adosada a una vieja casa de estilo medieval. El dueño -que no despegaba los ojos de un programa de
televisión- me informó que era hora de la siesta y que estaba loco al andar por la carretera con tanto calor.
Pedí un refresco, intenté ver un poco de televisión, pero no podía concentrarme en nada, sólo pensaba en que
dentro de dos días reviviría en pleno siglo xx un poco de la gran aventura humana que trajo a Ulises de Troya,
anduvo con don Quijote por La Mancha, llevó a Dante y Orfeo a los inflemos y a Cristóbal Colón hasta América:
la aventura de viajar con dirección a lo Desconocido.

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El Camino de Santiago en territorio francés se componía de varias rutas que convergían en una ciudad española llamada
Puente la Reina. La ciudad de San Juan Pied-de-Port se localiza en una de estas rutas, que no es la única ni la más
importante.
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