CONTRAPORTADA:
En este apasionante relato Paulo Coelho narra las peripecias de su peregrinaje por el Camino de Santiago, un
viaje poblado de fenómenos sobrenaturales y enseñanzas, cuyo punto de partida es la renuncia como
elemento de depuración existencial. En el curso de esta experiencia, además de escalar montañas y sortear
cascadas torrentosas, el autor resucita historias de templarios, estrechamente asociadas con la ruta jacobea, y
actualiza las leyendas de los pueblos que jalonan esta mítica ruta. De este viaje realmente extraordinario,
Paulo Coelho extrae una enseñanza inolvidable: descubre las realidades cotidianas en su dimensión más
luminosa y logra encontrar al fin el verdadero misterio de la sencillez.
Cuando comenzamos la peregrinación, me pareció que había realizado uno de los mayores sueños de mi
juventud. Usted era para mí el brujo Don Juan y yo revivía la saga de Castaneda en busca de lo extraordinario.
Pero resistió valientemente todos mis intentos de transformarlo en héroe. Esto dificultó mucho nuestro trato,
hasta que entendí que lo extraordinario reside en el Camino de las Personas Comunes. Hoy en día,
comprender esto es lo más valioso que poseo en mi vida, me permite hacer cualquier cosa y me acompañará
por siempre.
Por ese conocimiento que ahora deseo compartir con otros, este libro va dedicado a usted, Petrus.
EL AUTOR
PRÓLOGO
¡Y que, ante la Sagrada Faz de RAM, toques con tus manos la Palabra de Vida y recibas tanta fuerza, que te
conviertas en su testigo hasta los confines de la Tierra!
El Maestre levantó en alto mi nueva espada, manteniéndola dentro de la vaina. Las llamas de la hoguera
crepitaron, un presagio favorable, indicando que el ritual debía continuar. Entonces me incliné y, con las manos
desnudas, comencé a escarbar la tierra delante de mí.
Era la noche del día 2 de enero de 1986 y nos encontrábamos en lo alto de una de las montañas de la Serra do
Mar, cerca de la formación conocida como Agulhas Negras. Además de mi Maestre y yo, estaban mi mujer, un
discípulo mío, un guía local y un representante de la gran fraternidad que congregaba las órdenes esotéricas
de todo el mundo, y que era conocida con el nombre de Tradición. Los cinco -incluyendo al guía, a quien ya se
le había advertido lo que sucedería- participaban de mi ordenación como Maestre de la Orden de RAM.
Terminé de escarbar en el suelo un hueco poco profundo, pero largo. Con toda solemnidad toqué la tierra
pronunciando las palabras rituales. Entonces, mi mujer se acercó y me entregó la espada que yo había
utilizado durante más de diez años y que tanto me había ayudado en centenares de Obras Extraordinarias en
aquel tiempo. Deposité la espada en el hueco. Luego, le eché la tierra encima y aplané de nuevo el terreno.
Mientras lo hacía, recordaba las pruebas por las que había pasado, las cosas que había conocido y los
fenómenos que era capaz de provocar, simplemente porque tenía conmigo aquella espada tan antigua y tan
amiga mía. Ahora sería devorada por la tierra: el hierro de su hoja y la madera de su empuñadura servirían
nuevamente de alimento al lugar de donde había extraído tanto Poder.
El Maestre se aproximó y colocó mi nueva espada ante mí, sobre el sitio en que había enterrado la antigua.
Entonces todos abrieron los brazos y el Maestre, utilizando su poder, hizo que en torno nuestro se formara una
luz extraña, que no iluminaba, pero que era visible y reflejaba en los cuerpos de las personas un color diferente
del amarillo proyectado por la hoguera. Entonces, desenvainando su propia espada, tocó mis hombros y mi
cabeza mientras decía:
-Por el Poder y por el Amor de RAM, yo te nombro Maestre y Caballero de la Orden, hoy y por el resto de los
días de tu vida. R de Rigor, A de Amor, M de Misericordia; R de Regnum, A de Agnus, M de Mundi.
Cuando toques tu espada, que jamás permanezca durante mucho tiempo en la vaina porque se oxidará; pero,
cuando salga de la vaina, que jamás vuelva a ella sin antes haber hecho un Bien, abierto un Camino o bebido
la sangre de un Enemigo.
Y con la punta de su espada hirió levemente mi cabeza. A partir de ese momento ya no era necesario
permanecer en silencio; no necesitaba esconder aquello de lo que era capaz ni ocultar los prodigios que había
aprendido a realizar en el camino de la Tradición. A partir de ese momento yo era un Mago.
Extendí la mano para tomar mi nueva espada, de acero indestructible y de madera que la tierra no consume,
con su empuñadura negra y roja y su vaina negra. Empero, en el momento en que mis manos tocaron la vaina
y que me disponía a traerla hacia mí, el Maestre dio un paso al frente y con absoluta violencia pisó mis dedos,
haciéndome gritar de dolor y soltar la espada.
Lo miré sin entender nada. La luz extraña había desaparecido y el rostro del Maestre esta vez tenía la
apariencia fantasmagórica que las llamas de la hoguera le daban.
Me miró fríamente, llamó a mi mujer y le entregó la nueva espada. Después se volvió hacia mí y dijo: -¡Aleja la
mano que te engaña! Porque el camino de la Tradición no es el de unos pocos elegidos, sino el camino de
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