desierta- y volvimos al monte. A la distancia vislumbraba el pico de San Lorenzo, el punto más alto del reino de
Castilla. Muchas cosas habían cambiado en mí desde q vi a Petrus por primera vez, cerca de San Juan
ue
Pied-dePort. Brasil, los asuntos pendientes, se habían borrado casi por completo de mi mente. Lo único vivo
era mi objetivo, discutido todas las noches con Astrain, que cada vez aparecía más nítido ante mis ojos.
Siempre lo veía sentado junto a mí; me di cuenta de que tenía un tic nervioso en el ojo derecho y de que solía
sonreír con desdén cuando yo repetía algunas cosas para asegurarme de que había entendido. Hace algunas
semanas -sobre todo en los primeros días-, llegué a temer que jamás conseguiría terminar el camino. Cuando
pasamos por Roncesvalles sentí un profundo tedio por todo eso y el deseo de llegar pronto a Santiago,
recuperar mi espada y volver para librar lo que Petrus llamaba el Buen Combate.' Pero ahora, mi apego a la
civilización, que tanto me costó hacer a un lado, estaba casi superado. En ese momento, todo lo que me
preocupaba era el sol sobre mi cabeza y la excitación por experimentar Ágape.
Bajamos por un barranco y cruzamos un arroyo, haciendo un gran esfuerzo por subir a la ribera opuesta. En el
pasado, aquel arroyo debió haber sido un soberbio río, que rugía y cavaba el suelo en busca de las
profundidades y los secretos de la tierra. Hoy era apenas un arroyo que podía cruzarse a pie, pero su obra, el
inmenso lecho cavado, aún estaba allí, obligándome a hacer un gran esfuerzo para remontarlo. "Todo en esta
vida dura muy poco", había dicho Petrus unas horas antes.
-Petrus, ¿has amado mucho? La pregunta salió de manera espontánea y me sorprendió mi valor. Hasta ese
momento sabía sólo lo esencial sobre la vida privada de mi guía.
-Tuve ya muchas mujeres, si eso es lo que quieres saber, y amé mucho a cada una de ellas. Pero sólo con dos
experimenté la sensación de Ágape.
Le conté que yo también había amado mucho y que estaba comenzando a preocuparme porque no lograba
interesarme profundamente en nadie. De continuar así, tendría una vejez solitaria y eso me daba mucho miedo.
-Contrata a una enfermera -se rió-. Pero, en fin, no creo que lo que estés buscando en el amor sea un retiro
confortable.
Eran casi las nueve de la noche cuando comenzó a oscurecen Los viñedos habían quedado atrás y estábamos
en medio de un paisaje casi desértico. Miré alrededor y pude distinguir, a lo
' En realidad, después descubrí que el término había sido acuñado por San Pablo,
lejos, una pequeña ermita enclavada en una piedra, semejante a muchas ermitas que habíamos visto por el
camino. Avanzamos un poco más y nos desviamos de las marcas amarillas; fuimos derecho hacia la pequeña
construcción.
Cuando nos acercamos lo suficiente, Petrus gritó un nombre que no entendí y se detuvo a escuchar si había
respuesta. Pese a aguzar los oídos, no escuchamos nada. Petrus volvió a llamar, pero nadie respondió.
-De todas formas vamos -dijo, y allá fuimos.
Eran sólo cuatro paredes encaladas; la puerta estaba abierta. Mejor dicho, no había puerta, sino un cancel de
medio metro de altura, que se sostenía precariamente en un gozne. Dentro había un fogón hecho de piedras y
algunas escudillas cuidadosamente apiladas en el suelo. Dos de ellas estaban llenas de trigo y papas.
Nos sentamos en silencio. Petrus encendió un cigarro y dijo que esperáramos un poco. Noté que las piernas
me dolían de cansancio, pero algo en esa ermita, en vez de calmarme me excitaba, y también me habría
amedrentado de no ser por la presencia de Petrus.
-Quien sea que viva aquí ¿dónde duerme? -pregunté rompiendo ese silencio que empezaba a incomodarme.
-Allí donde estás sentado -dijo Petrus, apuntando al suelo desnudo. Comenté que me cambiaría de lugar, pero
me pidió que permaneciera exactamente donde estaba. Debió haber bajado un poco la temperatura, porque
comencé a sentir frío.
Esperamos durante casi una hora. Petrus gritó dos veces más ese nombre extraño y al final desistió. Cuando
pensé que nos levantaríamos para irnos, me dijo:
-Aquí está presente una de las dos manifestaciones de Ágape -dijo mientras apagaba su tercer cigarro-. No es
la única, pero sí una de las más puras. Ágape es el amor total, el Amor que Devora a quien lo experimenta.
Quien conoce y experimenta Ágape, se da cuenta de que en este mundo nada es más importante que amar.
Éste fue el amor que Jesús sintió por la humanidad y fue tan grande que sacudió las estrellas y, cambió el
curso de la historia del hombre. Su vida solitaria logró lo que reyes, ejércitos e imperios no consiguieron.
"Durante milenios de historia de la civilización, muchas personas fueron invadidas por este Amor que Devora.
Tenían tanto que dar -y el mundo exigía tan poco- que fueron obligadas a buscar los desiertos y lugares
aislados, porque el amor
era tan grande que las transfiguraba; se convirtieron en los santos ermitaños que hoy conocemos.
Para ti y para mí, que experimentamos otra forma de Ágape, esta vida puede parecemos dura, terrible. No
obstante, el Amor que Devora hace que todo -absolutamente todo, pierda importancia. Estos hombres viven
sólo para ser consumidos por su amor.
Petrus me contó que allí vivía un hombre llamado Alfonso, que lo conoció en su primera peregrinación a
Compostela, mientras recolectaba frutas para comer. Su guía, un hombre mucho más iluminado que él, era
amigo de Alfonso y los tres habían hecho juntos el Ritual de Ágape, el Ejercicio del Globo Azul. Petrus dijo que
29
|
|