encontró pensando en el distante agujero--hobbit y las hermosas despensas.
Estaba sumido en pensamientos de pancetas, huevos, tostadas y mantequilla,
cuando sintió que algo lo tocaba. Algo como una cuerda pegajosa y fuerte se le
había pegado a la mano izquierda; trató de moverse y descubrió que tenía las
piernas ya sujetas por aquella misma especie de cuerda, y cuando trató de
levantarse, cayó al suelo.
Entonces la gran araña, que había estado ocupada en atarlo mientras dormitaba,
apareció por detrás y se precipitó sobre él. Bilbo sólo veía los ojos de la criatura,
pero podía sentir el contacto de las patas peludas mientras la araña trataba de
paralizarlo con vueltas y más vueltas de aquel hilo abominable. Fue una suerte
que volviese en sí a tiempo. Pronto no hubiera podido moverse. Pero antes de
liberarse, tuvo que sostener una lucha desesperada. Rechazó a la criatura con las
manos --estaba intentando envenenarlo para mantenerlo quieto, como las arañas
pequeñas hacen con las moscas-- hasta que recordó la espada y la desenvainó.
La araña dio un salto atrás y Bilbo tuvo tiempo para cortar las ataduras de las
piernas. Ahora le tocaba a él atacar. Era evidente que la araña no estaba
acostumbrada a cosas que tuviesen a los lados tales aguijones, o hubiese
escapado mucho más aprisa. Bilbo se precipitó sobre ella antes que
desapareciese y blandiendo la espada la golpeó en los ojos. Entonces la araña
enloqueció y saltó y danzó y estiró las patas en horribles espasmos, hasta que
dando otro golpe Bilbo acabó con ella. Luego se dejó caer, y durante largo rato no
recordó nada más.
Cuando volvió en sí, vio alrededor la habitual luz gris y mortecina de los días del
bosque. La araña yacía muerta a un lado y la espada estaba manchada de negro.
Por alguna razón, matar a la araña gigante, él, totalmente solo, en la oscuridad,
sin la ayuda del mago o de los enanos o de cualquier otra criatura, fue muy
importante para el señor Bolsón. Se sentía una persona diferente, mucho más
audaz y fiera a pesar del estómago vacío, mientras limpiaba la espada en la hierba
y la devolvía a la vaina.
--Te daré un nombre --le dijo a la espada--. ¡Te llamaré Aguijón!
Luego se dispuso a explorar. El bosque estaba oscuro y silencioso, pero antes que
nada tenía que buscar a sus amigos, como era obvio. Quizá no estuviesen lejos, a
menos que unos trasgos (o algo peor) los hubieran capturado. A Bilbo no le
parecía sensato ponerse a gritar, y durante un rato estuvo preguntándose de qué
lado correría el sendero y en qué dirección tendría que ir para buscar a los
enanos.
--¡Oh!, ¿por qué no habremos tenido en cuenta los consejos de Beorn y Gandalf?
--se lamentaba-- ¡En qué enredo nos hemos metido todos nosotros! ¡Nosotros!
Lo único que deseo es que fuésemos nosotros: es horrible estar completamente
solo.
Por último trató de recordar la dirección de donde habían venido los gritos de
auxilio la noche anterior, y por suerte (había nacido con una buena provisión de
suerte) lo recordó bastante bien, como veréis en seguida. Habiéndose decidido,
avanzó muy despacio, tan hábilmente como pudo. Los hobbits saben moverse en


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