no quería entender, pues parecían demasiado aventureras, cuando, din--don--
dan, la campana sonó de nuevo, como si algún travieso niño hobbit intentase
arrancar el llamador.
--¡Alguien más a la puerta! --dijo, parpadeando.
--Por el sonido yo diría que unos cuatro --dijo Fíli--. Además, los vimos venir
detrás de nosotros a lo lejos.
El pobrecito hobbit se sentó en el vestíbulo y apoyando la cabeza en las manos,
se preguntó qué había pasado, y qué pasaría ahora, y si todos se quedarían a
cenar. En ese momento la campana sonó de nuevo más fuerte que nunca, y tuvo
que correr hacia la puerta. Y no eran cuatro, sino cinco. Otro enano se les había
acercado mientras él seguía en el vestíbulo preguntándose qué ocurría. Apenas
habíagirado la manija y ya todos estaban dentro, haciendo reverencias y diciendo
uno tras otro "a vuestro servicio". Dori, Nori, Ori, Óin, y Glóin eran sus nombres, y
al momento dos capuchones de color púrpura, uno gris, uno castaño y uno blanco,
colgaban de las perchas, y allá fueron los enanos con las manos anchas metidas
en los cinturones de oro y plata a reunirse con los otros. Ya casi eran un tropel.
Unos pedían cerveza del país, otros cerveza negra, uno café, y todos ellos
pastelillos; así que tuvieron al hobbit muy ocupado durante un rato.
Una gran cafetera había sido puesta a la lumbre, los pastelillos de semillas ya se
habían acabado, y los enanos empezaban una ronda de bollos con mantequilla,
cuando de pronto... un fuerte golpe. No un campanillazo, sino un fuerte toc--toc
en la preciosa puerta verde del hobbit. ¡Alguien estaba llamando a bastonazos!
Bilbo corrió por el pasillo, muy enfadado, y por completo atribulado y compungido;
éste era el miércoles más desagradable que pudiera recordar. Abrió la puerta de
un bandazo, y todos rodaron dentro, uno sobre otro. Más enanos, ¡cuatro más! Y
detrás Gandalf, apoyado en su vara y riendo. Había hecho una muesca bastante
grande en la hermosa puerta; por cierto, también había borrado la marca secreta
que pusiera allí la mañana anterior.
--¡Tranquilidad, tranquilidad! --dijo--. ¡No es propio de ti, Bilbo, tener a los
amigos esperando en el felpudo y luego abrir la puerta de sopetón! ¡Déjame
presentarte a Bifur, Bofur, Bombur, y sobre todo a Thorin!
--¡A vuestro servicio! --dijeron Bifur, Bofur y Bombur los tres en hilera. En seguida
colgaron dos capuchones amarillos y uno verde pálido; y también uno celeste con
una gran borla de plata. Este último pertenecía a Thorin, un enorme e importante
enano, de hecho nada más y nada menos que el propio Thorin Escudo de Roble,
a quien no le gustó nada caer de bruces sobre el felpudo de Bilbo con Bifur, Bofur
y Bombur sobre él. Ante todo, Bombur era enormemente gordo y pesado. Thorin
era muy arrogante, y no dijo nada sobre servicio; pero el pobre señor Bolsón le
repitió tantas veces que lo sentía, que el enano gruñó al fin: --Le ruego no lo
mencione más -- y dejó de fruncir el ceño.
--¡Vaya, ya estamos todos aquí! --dijo Gandalf, mirando la hilera de trece
capuchones, una muy vistosa colección de capuchones, y su propio sombrero
colgados en las perchas--. ¡Qué alegre reunión! ¡Espero que quede algo de


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