rodeó a los enanos, un anillo que no crecía hacia fuera, pero que se iba cerrando
lentamente, hasta que el fuego lamió la leña apilada bajo los árboles. El humo
llegaba a los ojos de Bilbo, podía sentir el calor de las llamas; y a través de la
humareda alcanzaba a ver a los trasgos que danzaban, girando y girando, en un
círculo, como gente que celebraba alrededor de una hoguera la llegada del
verano. Fuera del circulo de guerreros danzantes, armados con lanzas y hachas,
los lobos se mantenían apartados, observando y aguardando.
Bilbo pudo oír a los trasgos que entonaban ahora una horrible canción:


¡Quince pájaros en cinco abetos
las plumas aventadas por una brisa ardiente!


Pero, que extraños pájaros, ¡ninguno tiene alas!
¡Oh! ¿Qué haremos con estas raras gentes?
¿Asarlas vivas, o hervirlas en la olla;
o freírlas, cocerlas y comerlas calientes?


Luego se detuvieron y gritaron: --¡Volad, pajaritos! ¡Volad si podéis! ¡Bajad,
pajaritos; os asaréis en vuestros nidos! ¡Cantad, cantad, pajaritos! ¿Por qué no
cantáis?
--¡Alejaos, chiquillos! --gritó Gandalf por respuesta----, No es época de buscar
nidos. Y los chiquillos traviesos que juegan con fuego reciben lo que se merecen.
--Lo dijo para enfadarlos, y para mostrarles que no tenía miedo, aunque en
verdad lo tenía, mago y todo como era. Pero los trasgos no le prestaron atención,
y siguieron cantando.


¡Que ardan, que ardan, árboles y helechos?
¡Marchitos y abrasados! Que la antorcha siseante
ilumine la noche para nuestro contento.
¡Ea ya!
¡Que los cuezan, tos frían y achicharren,
hasta que ardan las barbas, y los ojos se nublen,
y hiedan los cabellos y estallen los pellejos,
se disuelvan las grasas, y los huesos renegros
descansen en cenizas bajo el cielo!
Asi los enanos morirán,



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