--¡Disculpad! --dijo el hobbit, y fue hacia la puerta.
--¡Así que al fin habéis venido! --Esto era lo que iba a decirle ahora a Gandalf.
Pero no era Gandalf. En cambio vio en el umbral un enano que parecía muy viejo,
de barba blanca y capuchón escarlata, y éste también entró de un salto tan pronto
como la puerta se abrió, como si fuera un invitado.
--Veo que ya han empezado a llegar --dijo cuando vio en la percha el capuchón
verde de Dwalin. Colocó el suyo rojo junto al otro y --¡Balin a vuestro servicio! --
dijo con la mano en el pecho.
--¡Gracias! --dijo Bilbo casi sin voz. No era la respuesta más apropiada, pero el
han empezado a llegar lo había dejado perplejo. Le gustaban las visitas, aunque
prefería conocerlas antes de que llegasen, e invitarlas él mismo. Tenía el terrible
presentimiento de que los pasteles no serían suficientes, y como conocía las
obligaciones de un anfitrión y las cumplía con puntualidad aunque le parecieran
penosas, quizá él se quedara sin ninguno.
--¡Entre, y sírvase una taza de té! --consiguió decir luego de tomar aliento.
--Un poco de cerveza me iría mejor, si a vos no os importa, mi buen señor --dijo
Balin, el de la barba blanca-- Pero no me incomodaría un pastelillo, un pastelillo
de semillas, si tenéis alguno.
--¡Muchos! --se encontró Bilbo respondiendo, sorprendido, y se encontró,
también, corriendo a la bodega para echar en una jarra una pinta de cerveza, y
después a la despensa a recoger dos sabrosos pastelillos de semillas que había
hecho esa tarde para el refrigerio de después de la cena.
Cuando regresó, Balin y Dwalin estaban charlando a la mesa como viejos amigos
(en realidad eran hermanos). Bilbo depositó la cerveza y el pastel delante de ellos,
cuando de nuevo se oyó un fuerte campanillazo, y después otro.
"¡Gandalf de seguro esta vez!" pensó mientras resoplaba por el pasillo. Pero no;
eran dos enanos más, ambos con capuchones azules, cinturones de plata y
barbas amarillas; y cada uno de ellos llevaba una bolsa de herramientas y una
pala. Saltaron adentro, tan pronto la puerta empezó a abrirse. Bilbo ya apenas se
sorprendió.
--¿En qué puedo yo serviros, mis queridos enanos? --dijo.
--¡Kili a vuestro servicio! --dijo uno--. ¡Y Fíli! --añadió el otro; y ambos se
sacaron a toda prisa los capuchones azules e hicieron una reverencia.
--¡Al vuestro y al de vuestra familia! --replicó Bilbo, recordando esta vez sus
buenos modales.
--Veo que Dwalin y Balin están ya aquí --dijo Kili-- ¡Unámonos al tropel!
"¡Tropel!" pensó el señor Bolsón. "No me gusta el sonido de esa palabra. Necesito
sentarme un minuto y recapacitar, y echar un trago. "Sólo había alcanzado a
mojarse los labios, en un rincón, mientras los cuatro enanos se sentaban en torno
a la mesa, y charlaban sobre minas y oro y problemas con los trasgos, y las
depredaciones de los dragones, y un montón de otras cosas que él no entendía, y
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