Bilbo estaba de veras aterrorizado, pero tenía aún bastante juicio para entender
qué había ocurrido, y para esconderse detrás de un barril que guardaba la bebida
de los trasgos centinelas, y salir así del apuro y evitar que lo golpearan y patearan
hasta darle muerte, a que lo capturasen por el tacto.
--¡He de alcanzar la puerta, he de alcanzar la puerta! --seguía diciéndose, pero
pasó largo rato antes de que se atreviera a intentarlo. Lo que siguió entonces fue
horrible, como si jugaran a una especie de gallina ciega. El lugar estaba
abarrotado de trasgos que corrían de un lado a otro, y el pobrecito hobbit se
escurrió aquí y allá, fue derribado por un trasgo que no pudo entender con qué
había tropezado, escapó a gatas, se deslizó entre las piernas del capitán, se puso
de pie, y corrió hacia la puerta.
La puerta estaba abierta, pero un trasgo la había entornado todavía más. Bilbo
empujó, y no consiguió moverla. Trató de escurrirse por la abertura y quedó
atrapado. ¡Era horrible! Los, botones se le habían encajado entre el canto y la
jamba de la puerta. Allí fuera alcanzaba a ver el aire libre: había unos pocos
escalones que descendían a un valle estrecho con montanas altas alrededor: el
sol apareció detrás de una nube y resplandeció más allá de la puerta; pero él no
podía cruzarla.
De pronto, uno de los trasgos que estaban dentro gritó: --¡Hay una sombra al lado
de la puerta! ¡Algo está ahí fuera! --
A Bilbo el corazón se le subió a la boca. Se retorció, aterrorizado. Los botones
saltaron en todas direcciones. Atravesó la puerta, con la chaqueta y el chaleco
rasgados, y brincó escalones abajo como una cabra, mientras los trasgos
desconcertados recogían aún los preciosos botones de latón, caídos en el umbral.
Por supuesto, en seguida bajaron tras él, persiguiéndolo, gritando y ululando por
entre los árboles. Pero el sol no les gusta: les afloja las piernas, y la cabeza les da
vueltas. No consiguieron encontrar a Bilbo, que llevaba el anillo puesto, y se
escabullía entre las sombras de los árboles, corriendo rápido y en silencio y
manteniéndose apartado del sol; pronto volvieron gruñendo y maldiciendo a
guardar la puerta. Bilbo había escapado.
DE LA SARTÉN AL FUEGO
Bilbo había escapado de los trasgos, pero no sabía dónde estaba. Había perdido
el capuchón, la capa, la comida, el poney, sus botones y sus amigos. Siguió
adelante, hasta que el sol empezó a hundirse en el poniente, detrás de las
montañas. Las sombras cruzaban el sendero, y Bilbo miró hacia atrás, luego miró
hacia adelante, y no pudo ver más que crestas y vertientes que descendían hacia
las tierras bajas, y llanuras que asomaban de vez en cuando entre los árboles.
--¡Cielos! --exclamó--. ¡Parece que estoy justo al otro lado de las Montanas
Nubladas, al borde de las Tierras de Más Allá! ¿Dónde y adónde habrán tenido
que ir los enanos y Gandalf? ¡Sólo espero que por ventura no estén todavía allá
atrás en poder de los trasgos!
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