cariño mis fuegos artificiales, y eso es reconfortante. Y en verdad, por la memoria
de tu viejo abuelo Tuk y por la memoria de la pobre Belladonna, te concederé lo
que has pedido.
--Perdón, ¡yo no he pedido nada!
--¡Sí, sí, lo has hecho! Dos veces ya. Mi perdón. Te lo doy. De hecho iré tan lejos
como para embarcarte en esa aventura. Muy divertida para mi, muy buena para
ti... y quizá también muy provechosa, si sales de ella sano y salvo.
--¡Disculpad! No quiero ninguna aventura, gracias, Hoy no. ¡Buenos días! Pero
venid a tomar el té... ¡cuando gustéis! ¿Por qué no mañana? ¡Sí, venid mañana!
¡Adiós! --Con esto el hobbit retrocedió escabulléndose por la redonda puerta
verde, y la cerró lo más rápido que pudo sin llega; a parecer grosero. Al fin y al
cabo, un mago es un mago.
"¡Para qué diablos lo habré invitado al té!" se dijo Bilbo cuando iba hacia la
despensa. Acababa de desayunar hacía muy poco, pero pensó que un pastelillo o
dos y un trago de algo le sentarían bien después del sobresalto.
Gandalf, mientras tanto, seguía a la puerta, riéndose larga y apaciblemente. Al
cabo de un rato subió, y con la punta del bastón dibujó un signo extraño en la
hermosa puerta verde del hobbit. Luego se alejó a grandes zancadas, justo en el
momento en que Bilbo ya estaba terminando el segundo pastel y empezando a
pensar que había conseguido librarse al fin de cualquier posible aventura.
Al día siguiente casi se había olvidado de Gandalf. No recordaba muy bien las
cosas, a menos que las escribiese en la Libreta de Compromisos; de este modo:
Gandalf Té Miércoles. El día anterior había estado demasiado aturdido como para
ponerse a anotar.
Un momento antes de la hora del té se oyó un tremendo campanillazo en la puerta
principal, ¡y entonces se acordó! Se apresuró y puso la marmita, sacó otra taza y
un platillo y un pastel o dos más, y corrió a la puerta.
--¡Siento de veras haberle hecho esperar! --iba a decir, cuando vio que en
realidad no era Gandalf. Era un enano de barba azul, recogida en un cinturón
dorado, y ojos muy brillantes bajo el capuchón verde oscuro. Tan pronto como la
puerta se abrió, entró deprisa como si le estuviesen esperando.
Colgó la capa encapuchada en la percha más cercana, y --¡Dwalin a vuestro
servicio! --dijo saludando con una reverencia.
--¡Bilbo Bolsón al vuestro! --dijo el hobbit, demasiado sorprendido como para
hacer cualquier pregunta por el momento. Cuando el silencio que siguió empezó a
hacerse incómodo, añadió--: Estoy a punto de tomar el té; por favor acercaos y
tomad algo conmigo. --Un tanto tieso, tal vez, pero habló con amabilidad. ¿Y qué
haríais Vosotros, si un enano llegara de súbito y colgara sus cosas en vuestro
vestíbulo sin dar explicaciones?
Llevaban apenas un rato a la mesa, en verdad estaban empezando el tercer
pastelillo, cuando resonó otro campanillazo todavía más estridente.


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