mascando en los morrales. Óin y Glóin querían encender una hoguera en la
entrada para secarse la ropa, pero Gandalf no quiso ni oírlo. Así que tendieron las
cosas húmedas en el suelo y sacaron otras secas; luego ahuecaron las mantas,
sacaron las pipas e hicieron anillos de humo que Gandalf volvía de diferentes
colores y hacía bailar en el techo para entretenerlos. Charlaron y charlaron, y
olvidaron la tormenta, y discutieron lo que cada uno haría con su parte del tesoro
(cuando lo tuviesen, lo que de momento no parecía tan imposible); y así fueron
quedándose dormidos uno tras otro. Y ésa fue la última vez que usaron los
poneys, los paquetes, equipajes, herramientas y todo lo que habían traído con
ellos.
No obstante, fue una suerte esa noche que hubiesen traído al pequeño Bilbo.
Porque, por alguna razón, Bilbo no pudo dormirse hasta muy tarde; y luego tuvo
unos sueños horribles. Soñó que una grieta en la pared del fondo de la cueva se
agrandaba y se agrandaba, abriéndose más y más; y él estaba muy asustado pero
no podía gritar, ni hacer otra cosa que seguir acostado, mirando. Después soñó
que el suelo de la cueva cedía, y que se deslizaba, y que él empezaba a caer, a
caer, quién sabe a dónde.
En ese momento despertó con un horrible sobresalto y se encontró con que parte
del sueño era verdad. Una grieta se había abierto al fondo de la cueva y era ya un
pasadizo ancho. Apenas si tuvo tiempo de ver la última de las colas de los poneys,
que desaparecía en la sombra. Por supuesto, lanzó un chillido estridente, tanto
como puede llegar a serlo un chillido de hobbit, bastante asombroso si tenemos en
cuenta el tamaño de estas criaturas.
Afuera saltaron los trasgos, trasgos grandes, trasgos enormes de cara fea,
montones de trasgos, antes que nadie pudiera decir "peñas y breñas". Había por
lo menos seis para cada enano, y dos más para Bilbo; y los apresaron a todos y
los llevaron por la hendedura, antes que nadie pudiera decir "madera y hoguera".
Pero no a Gandalf. Eso fue lo bueno del grito de Bilbo. Lo había despertado por
completo en una décima de segundo y cuando los trasgos iban a ponerle las
manos encima, hubo un destello terrorífico como un relámpago en la cueva, un
olor como de pólvora, y varios cayeron muertos.
La grieta se cerró de golpe ¡y Bilbo y los enanos estaban en el lado equivocado!
¿Dónde se encontraba Gandalf? De eso ni ellos ni los trasgos tenían la menor
idea, y los trasgos no esperaron a averiguarlo. Tomaron a Bilbo y a los enanos, y
los hicieron andar a toda prisa. El sitio era profundo, profundo y oscuro, tanto que
sólo los trasgos que habían tenido la ocurrencia de vivir en el corazón de las
montañas podían distinguir algo. Los pasadizos se cruzaban y confundían en
todas direcciones, pero los trasgos conocían el camino tan bien como vosotros el
de la oficina de correos más próxima; y el camino descendía y descendía y la
atmósfera era cada vez más enrarecida y horrorosa. Los trasgos eran muy brutos,
pellizcaban sin compasión, y reían entre dientes o a carcajadas, con voces
horribles y pétreas; y Bilbo se sentía más desgraciado aún que cuando el troll lo
había levantado tirándole de los dedos de los pies. Una y otra vez se encontraba
añorando el agradable y reluciente agujero hobbit. No sería ésta la ultima ocasión.



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