que corría al pie de La Colina. Se decía a menudo (en otras familias) que tiempo
atrás un antepasado de los Tuk se había casado sin duda con un hada. Eso era,
desde luego, absurdo, pero por cierto había todavía algo no del todo hobbit en
ellos, y de cuando en cuando miembros del clan Tuk salían a correr aventuras.
Desaparecían con discreción, y la familia echaba tierra sobre el asunto; pero los
Tuk no eran tan respetables como los Bolsón, aunque indudablemente más ricos.
Al menos Belladonna Tuk no había tenido ninguna aventura después de
convertirse en la señora de Bungo Bolsón. Bungo, el padre de Bilbo, le construyó
el agujeró--hobbit más lujoso (en parte con el dinero de ella), que pudiera
encontrarse bajo La Colina o sobre La Colina o al otro lado de Delagua, y allí se
quedaron hasta el fin. No obstante, es probable que Bilbo, hijo único, aunque se
parecía y se comportaba exactamente como una segunda edición de su padre,
firme y comodón, tuviese alguna rareza de carácter del lado de los Tuk, algo que
sólo esperaba una ocasión para salir a la luz. La ocasión no llegó a presentarse
nunca, hasta que Bilbo Bolsón fue un adulto que rondaba los cincuenta años y
vivía en el hermoso agujero-hobbit que acabo de describiros, y cuando en verdad
ya parecía que se había asentado allí para siempre.
Por alguna curiosa coincidencia, una mañana de hace tiempo en la quietud del
mundo, cuando había menos ruido y más verdor, y los hobbits eran todavía
numerosos y prósperos, y Bilbo Bolsón estaba de pie en la puerta del agujero,
después del desayuno, fumando una enorme y larga pipa de madera que casi le
llegaba a los dedos lanudos de los pies (bien cepillados), Gandalf apareció de
pronto. ¡Gandalf! Si sólo hubieseis oído un cuarto de lo que yo he oído de él, y he
oído sólo muy poco de todo lo que hay que oír, estaríais preparados para
cualquier especie de cuento notable-- Cuentos y aventuras brotaban por donde
quiera que pasara, de la forma más extraordinaria. No había bajado a aquel
camina al pie de La Colina desde hacía años y años, desde la muerte de su amigo
el Viejo Tuk, y los hobbits casi habían olvidado cómo era. Había estado lejos, más
allá de La Colina y del otro lado de Delagua por asuntos particulares, desde el
tiempo en que todos ellos eran pequeños niños hobbits y niñas hobbits.
Todo lo que el confiado Bilbo vio aquella mañana fue un anciano con un bastón.
Tenía un sombrero azul, alto y puntiagudo, una larga capa gris, una bufanda de
plata sobre la que colgaba una barba larga y blanca hasta más abajo de la cintura,
y botas negras.
--¡Buenos días! -- dijo Bilbo, y esto era exactamente lo que quería decir. El sol
brillaba y la hierba estaba muy verde. Pero Gandalf lo miró desde debajo de las
cejas largas y espesas, más sobresalientes que el ala del sombrero, que le
ensombrecía la cara.
--¿Qué quieres decir? -- pregunto -- ¿Me deseas un buen día, o quieres decir
que es un buen día, lo quiera yo o no; o que hoy te sientes bien; o que es un día
en que conviene ser bueno? --Todo eso a la vez --dijo Bilbo--. Y un día
estupendo para una pipa de tabaco a la puerta de casa, además. ¡Si lleváis una
pipa encima, sentaos y tomad un poco de mi tabaco! ¡No hay prisa, tenemos todo
el día por delante! --entonces Bilbo se sentó en una silla junto a la puerta, cruzo


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