El pánico dominó a los trasgos; y cuando se dieron vuelta para enfrentar este
ataque, los elfos cargaron otra vez con bríos renovados. Ya muchos de los trasgos
huían río abajo para escapar de la trampa; y muchos de los lobos se volvían
contra ellos mismos, y destrozaban a muertos y heridos. La victoria parecía
inmediata cuando un griterío sonó en las alturas.
Unos trasgos habían escalado la Montana por la otra parte, y muchos ya estaban
sobre la Puerta, en la ladera, y otros corrían temerariamente hacia abajo, sin hacer
caso de los que caían chillando al precipicio, para atacar las estribaciones desde
encima. A cada una de estas estribaciones se podía llegar por caminos que
descendían de la masa central de la Montaña; los defensores eran pocos y no
podrían cerrarles el paso durante mucho tiempo. La esperanza de victoria se
había desvanecido. Sólo habían logrado contener la primera embestida de la
marea negra.
El día avanzó. Otra vez los trasgos se reunieron en el valle. Luego vino una horda
de wargos, brillantes y negros como cuervos, y con ellos la guardia personal de
Bolgo, trasgos de enorme talla, con cimitarras de acero. Pronto llegaría la
verdadera oscuridad, en un cielo tormentoso; mientras, los murciélagos
revoloteaban aún alrededor de las cabezas y los oídos de hombres y elfos, o se
precipitaban como vampiros sobre las gentes caídas. Bardo luchaba aún
defendiendo la estribación del este, y sin embargo retrocedía poco a poco; los
señores elfos estaban en la nave del brazo sur, alrededor del rey, cerca del puesto
de observación de la Colina del Cuervo.
De súbito se oyó un clamor, y desde la Puerta llamó una trompeta.
¡Habían olvidado a Thorin! Parte del muro, movido por palancas, se desplomó
hacia afuera cayendo con estrépito en la laguna. El Rey bajo la Montaña apareció
en el umbral, y sus compañeros lo siguieron. Las capas y capuchones habían
desaparecido; llevaban brillantes armaduras y una luz roja les brillaba en los ojos.
El gran enano centelleaba en la oscuridad como oro en un fuego mortecino.
Los trasgos arrojaron rocas desde lo alto; pero los enanos siguieron adelante,
saltaron hasta el pie de la cascada y corrieron a la batalla. Lobos y jinetes caían o
huían ante ellos. Thorin manejaba el hacha con mandobles poderosos, y nada
parecía lastimarlo.
--¡A mí! ¡A mí! ¡Elfos y hombres! ¡A mí! ¡Oh, pueblo mío! --gritaba, y la voz
resonaba como una trompa en el valle.
Hacia abajo, en desorden, los enanos de Dain corrieron a ayudarlo. Hacia abajo
fueron también muchos de los hombres del Lago, pues Bardo no pudo
contenerlos; y desde la ladera opuesta, muchos de los lanceros elfos. Una vez
más los trasgos fueron rechazados al valle, y allí se amontonaron hasta que Valle
fue un sitio horrible y oscurecido por cadáveres. Los wargos se dispersaron y
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