alfombra junto al hogar, temblando como una gelatina que se derrite. En seguida
cayó de bruces al suelo, y se puso a gritar: --¡Alcanzado por un rayo, alcanzado
por un rayo! --una y otra vez, y eso fue todo lo que pudieron sacarle durante largo
tiempo. Así que lo levantaron y lo tumbaron en un sofá de la sala, con un trago a
mano, y volvieron a sus oscuros asuntos.
--Excitable el compañerito --dijo Gandalf, mientras se sentaban de nuevo--.
Tiene extraños y graciosos ataques, pero es uno de los mejores: tan fiero como un
dragón en apuros.
Si habéis visto alguna vez un dragón en apuros, comprenderéis que esto sólo
podía ser una exageración poética aplicada a cualquier, hobbit, aun a Toro
Bramador, el tío bisabuelo del Viejo Tuk, tan enorme (como hobbit) que hasta
podía montar a caballo. En la batalla de los Campos Verdes había cargado contra
las filas de trasgos del Monte Gram, y blandiendo una porra de madera le arrancó
de cuajo la cabeza al rey Golfimbul. La cabeza salió disparada unas cien yardas
por el aire y fue a dar a la madriguera de un conejo, y de esta forma, y a la vez, se
ganó la batalla y se inventó el juego de golf.
Mientras tanto, sin embargo, el más gentil descendiente de Toro Bramador volvía
a la vida en la sala de estar. Al cabo de un rato y luego de un trago se arrastró
nervioso hacia la puerta. Esto fue lo que oyó; hablaba Glóin: --¡Hum! --o un
bufido semejante--. ¿Creéis que servirá? Está muy bien que Gandalf diga que
este hobbit es fiero, pero un chillido como ése en un momento de excitación
bastaría para despertar al dragón y al resto de la parentela, y matamos a todos.
¡Creo que sonaba más a miedo que a excitación! En verdad, si no fuese por la
señal en la puerta, juraría que habíamos venido a una casa equivocada. Tan
pronto como eché una ojeada a ese pequeñajo que se sacudía y resoplaba sobre
el felpudo, tuve mis dudas. ¡Más parece un tendero que un saqueador!
En ese momento el señor Bolsón abrió la puerta y entró. La vena Tuk había
ganado. De pronto sintió que si se quedaba sin cama ni desayuno podría parecer
realmente fiero. En cuanto al pequeñajo que se sacudía sobre el felpudo casi le
hizo perder la cabeza. Más tarde, y a menudo, la parte Bolsón se lamentaría de lo
que hizo entonces, y se diría: --Bilbo, fuiste un tonto; te decidiste a entrar y
metiste la pata.
--Perdonadme --dijo--, si por casualidad he oído lo que estabais diciendo. No
pretendo entender lo que habláis, ni esa referencia a saqueadores, pero no creo
equivocarme si digo que sospecháis que no sirvo --esto es lo que él llamaba no
perder la dignidad--. Lo demostraré. No hay señal alguna en mi puerta, se pintó la
semana anterior, y estoy seguro de que habéis venido a la casa equivocada.
Desde el momento en que vi vuestras extrañas caras en el umbral tuve mis dudas.
Pero considerad que es la casa correcta. Decidme lo que queréis que haga y lo
intentaré, aunque tuviera que ir desde aquí hasta el Este del Este y luchar con los
hombres gusanos del Ultimo Desierto. Tuve, una vez, un tío architatarabuelo, Toro
Bramador Tuk, y...
--Sí, sí, pero eso fue hace mucho --dijo Glóin-- Estaba hablando de vos. Y os
aseguro que hay una marca en esta puerta: la normal en el negocio, o la que


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