UNA CÁLIDA BIENVENIDA
El día crecía más claro y caluroso a medida que avanzaban flotando. Luego de un
corto trecho, el río rodeaba a la izquierda un repecho de tierra escarpada. Al pie
de la pared rocosa que se alzaba como un risco en una llanura, la corriente más
profunda fluía lamiendo y borboteando. De repente el risco se estrechó. Las orillas
se hundieron. Los árboles desaparecieron. Bilbo miró.
Las tierras se abrían amplias alrededor, cubiertas por las aguas del río que se
perdía y se Bifurcaba en un centenar de cursos zigzagueantes, o se estancaba en
remansos y pantanos con islotes a los lados; pero aun así, una fuerte corriente
seguía su curso regular.
¡Y allá, a lo lejos, mostrando la cima oscura entre retazos de nubes, allá
amenazadora, asomaba la Montaña! Los picos más próximos de la zona noroeste
y el hundido valle que los unía no alcanzaban a distinguirse. Sola y adusta, la
Montana contemplaba el bosque por encima de los pantanos. ¡La Montaña
Solitaria! Bilbo había viajado mucho y había pasado muchas aventuras para verla,
y ahora no le gustaba nada.
Mientras escuchaba la conversación de los elfos en la almadía, e hilaba los
pedazos de información que dejaban caer, pronto comprendió que era muy
afortunado por haberla visto, aun desde lejos. Había sufrido mucho cuando cayó
prisionero, y ahora no encontraba una postura cómoda (por no mencionar a los
pobres enanos debajo de él), y sin embargo no se había dado cuenta de la suerte
que había tenido. La conversación se refería sólo al comercio que iba y venía por
los canales y al incremento del tráfico en el río, pues las carreteras del este que
conducían al Bosque Negro habían desaparecido o dejaron de utilizarse; y
además los Hombres del Lago y los Elfos del Bosque se habían disputado el
dominio del Río del Bosque y el cuidado de las riberas. Estos territorios habían
cambiado mucho desde los días en que los enanos moraran en la Montaña, días
que para la mayoría de la gente sólo eran ahora una vaga tradición. Habían
cambiado aun en años recientes y desde las últimas noticias que Gandalf tenía de
ellos. Inundaciones y lluvias habían aumentado el caudal de las aguas en el Este;
y había habido uno o dos terremotos (que algunos se inclinaron a atribuir al
dragón, mientras señalaban la Montaña con una maldición y un ominoso
movimiento de cabeza). Los pantanos y ciénagas se habían extendido más y más
a ambos lados. Los senderos habían desaparecido, y los jinetes o caminantes
hubieran tenido un destino similar si hubiesen intentado encontrar los viejos
caminos. El sendero elfo que cruzaba el bosque y que los enanos habían tomado
siguiendo el consejo de Beorn, ahora llegaba a un dudoso e insólito final en el
borde oriental del bosque; sólo el río era aún un trayecto seguro desde el linde
norte del Bosque Negro hasta las lejanas planicies sombreadas por la Montaña; y
el río estaba vigilado por el rey de los Elfos del Bosque.
Así que como veis, Bilbo había tomado al final el único camino que era en realidad
bueno. El señor Bolsón hubiera podido sentirse reconfortado, mientras temblaba
sobre los barriles, si hubiese sabido que noticias de todo esto habían llegado a
Gandalf allá lejos, preocupándolo de veras, y que estaba a punto de acabar otro
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