se decidió a no abandonar a sus amigos, y se deslizó casi pisándole los talones al
último de los elfos, antes de que los grandes portones del rey se cerrasen detrás
con un golpe sordo.
Dentro los pasadizos estaban iluminados con antorchas de luz roja, y los guardias
elfos cantaban marchando por corredores retorcidos, entrecruzados y resonantes.
No se parecían a los túneles de los trasgos: eran más pequeños, menos
profundos, y de un aire más puro. En un gran salón con pilares tallados en la roca
viva, estaba sentado el rey elfo en una silla de madera labrada. Llevaba en la
cabeza una corona de bayas y hojas rojizas, pues el otoño había llegado de
nuevo. En la primavera se ceñía una corona de flores de los bosques. Sostenía en
la mano un cetro de roble tallado.
Los prisioneros fueron llevados al rey, y aunque él los miró con severidad, ordenó
que los desataran, pues estaban andrajosos y fatigados. --Además, no necesitan
cuerdas --dijo--. No hay escapatoria de mis puertas mágicas para aquellos que
alguna vez son traídos aquí.
Larga e inquisitivamente preguntó a los enanos sobre lo que hadan, y a dónde
iban, y de dónde venían; pero no consiguió sacarles más noticias que a Thorin. Se
sentían desanimados y enfadados, y ni siquiera intentaron parecer corteses.
--¿Qué hemos hecho, oh rey? --dijo Balin, el más viejo de los que quedaban--
¿Es un crimen perderse en el bosque, tener hambre y sed, ser atrapado por las
arañas? ¿Son acaso las arañas vuestras bestias domesticadas o vuestros
animales falderos, y por eso os enojáis si las matamos?
Esta pregunta, desde luego, enojó aún más al rey, quien contestó: --Es un crimen
andar por mi país sin mi permiso. ¿Olvidas que estabas en mi reino, utilizando el
camino que mi pueblo abrió una vez? ¿Acaso por tres veces no acosasteis e
importunasteis a mi gente en el bosque, y despertasteis a las arañas con vuestros
gritos y tumultos? ¡Después de todo el disturbio que habéis provocado tengo
derecho a saber qué os trae por aquí, y si no me lo contáis ahora, os encerraré a
todos hasta que hayáis aprendido a ser sensatos y a tener buenas maneras!
Luego ordenó que pusieran a cada uno de los enanos en celdas separadas y les
dieran comida y bebida, pero que no se les permitiese dejar el calabozo, hasta que
al menos uno de ellos se decidiera a decir todo lo que él quería saber. Pero no les
dijo que Thorin había sido hecho prisionero. Bilbo mismo lo descubrió.
¡Pobre señor Bolsón!... Fue una larga y aburrida temporada la que pasó en aquel
sitio, a solas, y siempre oculto, nunca atreviéndose a sacarse el anillo, y apenas
atreviéndose a dormir, aun escondido en los rincones más oscuros y remotos que
podía encontrar, Por hacer algo se dedicó a recorrer el palacio del rey elfo. Unas
puertas mágicas cerraban la entrada, pero a veces podía salir, si era rápido.
Compañías de los Elfos del Bosque, algunas veces con el rey a la cabeza, salían
de cuando en cuando de cacería, o a otros asuntos, a los bosques y a las tierras
del Este. Entonces, si Bilbo se apresuraba, podía deslizarse fuera detrás de ellos;
aunque era un riesgo muy peligroso. Más de una vez estuvo a punto de ser
alcanzado por las puertas, cuando batían juntas al pasar el último elfo; todavía no
se atrevía a marchar entre ellos a causa de la sombra que echaba (tenue y


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