la rasgueó, los otros enanos empezaron juntos a tocar una música, tan súbita y
dulcemente que Bilbo olvidó todo lo demás, y fue transportado a unas tierras
distantes y oscuras, bajo lunas extrañas, lejos de Delagua y muy lejos del
agujero--hobbit bajo La Colina.
La oscuridad penetró en la habitación por el ventanuco que se abría en la ladera
de La Colina; el fuego parpadeaba --era abril-- y aún seguían tocando, mientras
la sombra de la barba de Gandalf danzaba contra la pared.
La oscuridad invadió toda la habitación, y el fuego se extinguió y las sombras se
borraron; y todavía seguían tocando. Y de pronto, uno primero y luego otro,
mientras tocaban, entonaron el canto grave que antaño cantaran los enanos, en lo
más hondo de las viejas moradas, y estas líneas son como un fragmento de esa
canción, aunque no hay comparación posible sin la música.


Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
en busca del metal amarillo encantado,
hemos de ir, antes que el día nazca.


Los enanos echaban hechizos poderosos
mientras las mazas tañían como campanas,
en simas donde duermen criaturas sombrías,
en salas huecas bajo las montañas.


Para el antiguo rey y el señor de los Elfos
los enanos labraban martilleando
un tesoro dorado, y la luz atrapaban
y en gemas la escondían en la espada.


En collares de plata ponían y engarzaban
estrellas florecientes, el fuego del dragón
colgaban en coronas, en metal retorcido
entretejían la luz de la luna y del sol.


Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas



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