Esas cosas Homero las refirió, como quien habla con un niño. También me refirió su
vejez y el postrer viaje que emprendió, movido, como Ulises, por el propósito de llegar
a los hombres que no saben lo que es el mar ni comen carne sazonada con sal ni
sospechan lo que es un remo. Habitó un siglo en la Ciudad de los Inmortales. Cuando la
derribaron, aconsejó la fundación de la otra. Ello no debe sorprendernos; es fama que
después de cantar la guerra de Ilión, cantó la guerra de las ranas y los ratones. Fue como
un dios que creara el cosmos y luego el caos.

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la
muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que,
pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes
profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo
creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o a
castigarlo. Más razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esa
rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la
siguiente, pero ninguna determina el conjunto... Adoctrinada por un ejercicio de siglos,
la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi
del desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por
sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a
toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar
las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se
corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso
exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El
pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una
forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el
bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos... Encarados así, todos nuestros actos son
justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero
compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios,
lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo
hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe,
soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no
soy.

El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente
en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He
mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen; un hombre
se despeñó en la más honda, no podía lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes
que le arrojaran una cuerda pasaron setenta años. Tampoco interesaba el propio destino.
El cuerpo era un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas
horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera
rebajarnos a ascetas. No hay placer más complejo que el pensamiento y a él nos
entregábamos. A veces, un estímulo extraordinario nos restituía al mundo físico. Por
ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia. Esos lapsos eran
rarísimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a
quien jamás he visto de pie: un pájaro anidaba en su pecho.

Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no esté compensada por otra,
hay uno de muy poca importancia teórica, pero que nos indujo, a fines o a principios del
siglo X, a dispersarnos por la faz de la tierra. Cabe en estas palabras: Existe un río cuyas
aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El

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