tema es el efecto que la inmortalidad causaría en los hombres. A ese bosquejo de una
ética para inmortales, lo sigue El muerto: Azevedo Bandeira, en ese relato, es un
hombre de Rivera o de Cerro Largo y es también una tosca divinidad, una versión
mulata y cimarrona del incomparable Sunday de Chesterton. (El capítulo XXIX del
Decline and Fall of the Roman Empire narra un destino parecido al de Otálora, pero
harto más grandioso y más increíble.) De Los teólogos basta escribir que son un sueño,
un sueño más bien melancólico, sobre la identidad personal; de la Biografía de Tadeo
Isidoro Cruz, que es una glosa al Martín Fierro. A una tela de Watts, pintada en 1896,
debo La casa de Asterión y el carácter del pobre protagonista. La otra muerte es una
fantasía sobre el tiempo, que urdía la luz de unas razones de Pier Damiani. En la
última guerra nadie pudo anhelar más que yo que fuera derrotada Alemania; nadie
pudo sentir más que yo lo trágico del destino alemán; Deutsches Requiem quiere
entender ese destino, que no supieron llorar, ni siquiera sospechar, nuestros
"germanófilos", que nada saben de Alemania. La escritura del dios ha sido
generosamente juzgada; el jaguar me obligó a poner en boca de un "mago de la
pirámide de Qaholon", argumentos de cabalista o de teólogo. En El Zahir y El Aleph
creo notar algún influjo del cuento The Crystal Egg (1899) de Wells.
J.L.B.
Buenos Aires, 3 de mayo de 1949
Posdata de 1952. Cuatro piezas he incorporado a esta reedición. Abenjacán el Bojarí,
muerto en su laberinto no es (me aseguran) memorable a pesar de su título tremebundo.
Podemos considerarlo una variación de Los dos reyes y los dos laberintos que los
copistas intercalaron en las 1001 Noches y que omitió el prudente Galland. De La
espera diré que la sugirió una crónica policial que Alfredo Doblas me leyó, hará diez
años, mientras clasificábamos libros según el manual del Instituto Bibliográfico de
Bruselas, código del que todo he olvidado, salvo que a Dios le corresponde la cifra
231. El sujeto de la crónica era turco; lo hice italiano para intuirlo con más facilidad.
La momentánea y repetida visión de un hondo conventillo que hay a la vuelta de la
calle Paraná, en Buenos Aires, me deparó lo historia que se titula El hombre en el
umbral; la situé en la India para que su inverosimilitud fuera tolerable.
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