siguieron dos o tres hombres. Eran (como los otros de ese linaje) de menguada estatura;
no inspiraban temor, sino repulsión. Debí rodear algunas hondonadas irregulares que me
parecieron canteras; ofuscado por la grandeza de la Ciudad, yo la había creído cercana.
Hacia la medianoche, pisé, erizada de formas idolátricas en la arena amarilla, la negra
sombra de sus muros. Me detuvo una especie de horror sagrado. Tan abominadas del
hombre son la novedad y el desierto que me alegré de que uno de los trogloditas me
hubiera acompañado hasta el fin. Cerré los ojos y aguardé (sin dormir) que relumbrara
el día.
He dicho que la Ciudad estaba fundada sobre una meseta de piedra. Esta meseta
comparable a un acantilado no era menos ardua que los muros. En vano fatigué mis
pasos: el negro basamento no descubría la menor irregularidad, los muros invariables no
parecían consentir una sola puerta. La fuerza del día hizo que yo me refugiara en una
caverna; en el fondo había un pozo, en el pozo una escalera que se abismaba hacia la
tiniebla inferior. Bajé; por un caos de sórdidas galerías llegué a una vasta cámara
circular, apenas visible. Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto
que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a través de otro laberinto)
daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro el número total de las
cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron. El silencio era hostil y casi
perfecto; otro rumor no había en esas profundas redes de piedra que un viento
subterráneo, cuya causa no descubrí; sin ruido se perdían entre las grietas hilos de agua
herrumbrada. Horriblemente me habitué a ese dudoso mundo; consideré increíble que
pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de nueve puertas y que sótanos largos
que se bifurcan. Ignoro el tiempo que debí caminar bajo tierra; sé que alguna vez
confundí, en la misma nostalgia, la atroz aldea de los bárbaros y mi ciudad natal, entre
los racimos.
En el fondo de un corredor, un no previsto muro me cerró el paso, una remota luz cayó
sobre mí. Alcé los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en lo altísimo, vi un círculo de
cielo tan azul que pudo parecerme de púrpura. Unos peldaños de metal escalaban el
muro. La fatiga me relajaba, pero subí, sólo deteniéndome a veces para torpemente
sollozar de felicidad. Fui divisando capiteles y astrágalos, frontones triangulares y
bóvedas, confusas pompas del granito y del mármol. Así me fue deparado ascender de
la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente Ciudad.
Emergí a una suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodeaba un solo edificio de
forma irregular y altura variable; a ese edificio heterogéneo pertenecían las diversas
cúpulas y columnas. Antes que ningún otro rasgo de ese monumento increíble, me
suspendió lo antiquísimo de su fábrica. Sentí que era anterior a los hombres, anterior a
la tierra. Esa notoria antigüedad (aunque terrible de algún modo para los ojos) me
pareció adecuada al trabajo de obreros inmortales. Cautelosamente al principio, con
indiferencia después, con desesperación al fin, erré por escaleras y pavimentos del
inextricable palacio. (Después averigüé que eran inconstantes la extensión y la altura de
los peldaños, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron.)
Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados
recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y
dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una
incomprensible reprobación que era casi un remordimiento, con más horror intelectual
que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad se agregaron otras: la de lo
interminable, la de lo atroz, la de lo complejamente insensato. Yo había cruzado un
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