»Aquí lo interrumpieron unas personas que se iban de la fiesta.
»--De un loco --repitió-- para que la sabiduría de Dios hablara por su boca y
avergonzara las soberbias humanas. Su nombre se ha perdido o nunca se supo, pero
andaba desnudo por estas calles, o cubierto de harapos, contándose los dedos con el
pulgar y haciendo mofa de los árboles.
»Mi buen sentido se rebeló. Dije que entregar a un loco la decisión era invalidar el
proceso.
»--El acusado aceptó al juez --fue la contestación--. Acaso comprendió que dado el
peligro que los conjurados corrían si lo dejaban en libertad, sólo de un loco podía no
esperar sentencia de muerte. He oído que se rió cuando le dijeron quién era el juez.
Muchos días y noches duró el proceso, por lo crecido del número de testigos.
»Se calló. Una preocupación lo trabajaba. Por decir algo pregunté cuántos días.
»--Por lo menos, diecinueve --replicó. Gente que se iba de la fiesta lo volvió a
interrumpir; el vino está vedado a los musulmanes, pero las caras y las voces parecían
de borrachos. Uno le gritó algo, al pasar.
»--Diecinueve días, precisamente --rectificó--. El perro infiel oyó la sentencia, y el
cuchillo se cebó en su garganta.
»Hablaba con alegre ferocidad. Con otra voz dio fin a la historia:
»--Murió sin miedo; en los más viles hay alguna virtud.
»--¿Dónde ocurrió lo que has contado? --le pregunté--. ¿En una alquería?
»Por primera vez me miró en los ojos. Luego aclaró con lentitud, midiendo las palabras:
»--Dije que en una alquería le dieron cárcel, no que lo juzgaron ahí. En esta ciudad lo
juzgaron: en una casa como todas, como ésta. Una casa no puede diferir de otra: lo que
importa es saber si está edificada en el infierno o en el cielo.
»Le pregunté por el destino de los conjurados.
»--No sé --me dijo con paciencia--. Estas cosas ocurrieron y se olvidaron hace ya
muchos años. Quizá los condenaron los hombres, pero no Dios.
»Dicho lo cual, se levantó. Sentí que sus palabras me despedían y que yo había cesado
para él, desde aquel momento. Una turba hecha de hombres y mujeres de todas las
naciones del Punjab se desbordó, rezando y cantando, sobre nosotros y casi nos barrió:
me azoró que de patios tan angostos, que eran poco más que largos zaguanes, pudiera
salir tanta gente. Otros salían de las casas del vecindario; sin duda habían saltado las
tapias... A fuerza de empujones e imprecaciones me abrí camino. En el último patio me
crucé con un hombre desnudo, coronado de flores amarillas, a quien todos besaban y
agasajaban, y con una espada en la mano. La espada estaba sucia, porque había dado
muerte a Glencairn, cuyo cadáver mutilado encontré en las caballerizas del fondo."
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