advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban
mi muerte. Huí del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el
desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me
laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol,
por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba,
la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y
nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo
veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes
de alcanzarlo.



II

Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un oblongo nicho
de piedra, no mayor que una sepultura común, superficialmente excavado en el agrio
declive de una montaña. Los lados eran húmedos, antes pulidos por el tiempo que por la
industria. Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrasaba la sed. Me asomé
y grité débilmente. Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro,
entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último
sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos,
frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos
irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle. En la arena había pozos de
poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel
gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la estirpe bestial de
los trogloditas, que infestan las riberas del Golfo Arábigo y las grutas etiópicas; no me
maravillé de que no hablaran y de que devoraran serpientes.

La urgencia de la sed me hizo temerario. Consideré que estaba a unos treinta pies de la
arena; me tiré, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos, montaña abajo. Hundí la
cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se abrevan los animales. Antes de
perderme otra vez en el sueño y en los delirios, inexplicablemente repetí unas palabras
griegas: los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo...

No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo
de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dejé que la luna y el sol jugaran con mi
aciago destino. Los trogloditas, infantiles en la barbarie, no me ayudaron a sobrevivir o
a morir. En vano les rogué que me dieran muerte. Un día, con el filo de un pedernal
rompí mis ligaduras. Otro, me levanté y pude mendigar o robar --yo, Marco Flaminio
Rufo, tribuno militar de una de las legiones de Roma-- mi primera detestada ración de
carne de serpiente.

La codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba
dormir. Como si penetraran mi propósito, no dormían tampoco los trogloditas: al
principio inferí que me vigilaban; luego, que se habían contagiado de mi inquietud,
como podrían contagiarse los perros. Para alejarme de la bárbara aldea elegí la más
pública de las horas, la declinación de la tarde, cuando casi todos los hombres emergen
de las grietas y de los pozos y miran el poniente, sin verlo. Oré en voz alta, menos para
suplicar el favor divino que para intimidar a la tribu con palabras articuladas. Atravesé
el arroyo que los médanos entorpecen y me dirigí a la Ciudad. Confusamente me

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