--Hará un cuarto de siglo --dijo Dunraven-- que Abenjacán el Bojarí, caudillo o rey
de no sé qué tribu nilótica, murió en la cámara central de esa casa a manos de su primo
Zaid. Al cabo de los años, las circunstancias de su muerte siguen oscuras.

Unwin preguntó por qué, dócilmente.

--Por diversas razones --fue la respuesta--. En primer lugar, esa casa es un laberinto.
En segundo lugar, la vigilaban un esclavo y un león. En tercer lugar, se desvaneció un
tesoro secreto. En cuarto lugar, el asesino estaba muerto cuando el asesinato ocurrió. En
quinto lugar...

Unwin, cansado, lo detuvo.

--No multipliques los misterios --le dijo--. Éstos deben ser simples. Recuerda la carta
robada de Poe, recuerda el cuarto cerrado de Zangwill.

--O complejos --replicó Dunraven--. Recuerda el universo.

Repechando colinas arenosas, habían llegado al laberinto. Éste, de cerca, les pareció una
derecha y casi interminable pared, de ladrillos sin revocar, apenas más alta que un
hombre. Dunraven dijo que tenía la forma de un círculo, pero tan dilatada era su área
que no se percibía la curvatura. Unwin recordó a Nicolás de Cusa, para quien toda línea
recta es el arco de un círculo infinito... Hacia la medianoche descubrieron una ruinosa
puerta, que daba a un ciego y arriesgado zaguán. Dunraven dijo que en el interior de la
casa había muchas encrucijadas, pero que, doblando siempre a la izquierda, llegarían en
poco más de una hora al centro de la red. Unwin asintió. Los pasos cautelosos resonaron
en el suelo de piedra; el corredor se bifurcó en otros más angostos. La casa parecía
querer ahogarlos, el techo era muy bajo. Debieron avanzar uno tras otro por la
complicada tiniebla. Unwin iba adelante. Entorpecido de asperezas y de ángulos, fluía
sin fin contra su mano el invisible muro. Unwin, lento en la sombra, oyó de boca de su
amigo la historia de la muerte de Abenjacán.

--Acaso el más antiguo de mis recuerdos --contó Dunraven-- es el de Abenjacán el
Bojarí en el puerto de Pentreath. Lo seguía un hombre negro con un león; sin duda el
primer negro y el primer león que miraron mis ojos, fuera de los grabados de la
Escritura. Entonces yo era niño, pero la fiera del color del sol y el hombre del color de
la noche me impresionaron menos que Abenjacán. Me pareció muy alto; era un hombre
de piel cetrina, de entrecerrados ojos negros, de insolente nariz, de carnosos labios, de
barba azafranada, de pecho fuerte, de andar seguro y silencioso. En casa dije: "Ha
venido un rey en un buque". Después, cuando trabajaron los albañiles, amplié ese título
y le puse el Rey de Babel.

»La noticia de que el forastero se fijaría en Pentreath fue recibida con agrado; la
extensión y la forma de su casa, con estupor y aun con escándalo. Pareció intolerable
que una casa constara de una sola habitación y de leguas y leguas de corredores. "Entre
los moros se usarán tales casas, pero no entre cristianos", decía la gente. Nuestro rector,
el señor Allaby, hombre de curiosa lectura, exhumó la historia de un rey a quien la
Divinidad castigó por haber erigido un laberinto y la divulgó desde el púlpito. El lunes,
Abenjacán visitó la rectoría; las circunstancias de la breve entrevista no se conocieron
entonces, pero ningún sermón ulterior aludió a la soberbia, y el moro pudo contratar

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