Nadie comprendió, nadie pareció querer comprender. Abulcásim, confuso, pasó de la
escuchada narración a las desairadas razones. Dijo, ayudándose con las manos:
--Imaginemos que alguien muestra una historia en vez de referirla. Sea esa historia la
de los durmientes de Éfeso. Los vemos retirarse a la caverna, los vemos orar y dormir,
los vemos dormir con los ojos abiertos, los vemos crecer mientras duermen, los vemos
despertar a la vuelta de trescientos nueve años, los vemos entregar al vendedor una
antigua moneda, los vemos despertar en el paraíso, los vemos despertar con el perro.
Algo así nos mostraron aquella tarde las personas de la terraza.
--¿Hablaban esas personas? --interrogó Farach.
--Por supuesto que hablaban --dijo Abulcásim, convertido en apologista de una
función que apenas recordaba y que lo había fastidiado bastante--. ¡Hablaban y
cantaban y peroraban!
--En tal caso --dijo Farach-- no se requerían veinte personas. Un solo hablista puede
referir cualquier cosa, por compleja que sea.
Todos aprobaron ese dictamen. Se encarecieron las virtudes del árabe, que es el idioma
que usa Dios para dirigir a los ángeles; luego, de la poesía de los árabes. Abdalmálik,
después de ponderarla debidamente, motejó de anticuados a los poetas que en Damasco
o en Córdoba se aferraban a imágenes pastoriles y a un vocabulario beduino. Dijo que
era absurdo que un hombre ante cuyos ojos se dilataba el Guadalquivir celebrara el agua
de un pozo. Urgió la conveniencia de renovar las antiguas metáforas; dijo que cuando
Zuhair comparó al destino con un camello ciego, esa figura pudo suspender a la gente,
pero que cinco siglos de admiración la habían gastado. Todos aprobaron ese dictamen,
que ya habían escuchado muchas veces, de muchas bocas. Averroes callaba. Al fin
habló, menos para los otros que para él mismo.
--Con menos elocuencia --dijo Averroes-- pero con argumentos congéneres, he
defendido alguna vez la proposición que mantiene Abdalmálik. En Alejandría se ha
dicho que sólo es incapaz de una culpa quien ya la cometió y ya se arrepintió; para estar
libre de un error, agreguemos, conviene haberlo profesado. Zuhair, en su mohalaca, dice
que en el decurso de ochenta años de dolor y de gloria, ha visto muchas veces al destino
atropellar de golpe a los hombres, como un camello ciego; Abdalmálik entiende que esa
figura ya no puede maravillar. A ese reparo cabría contestar muchas cosas. La primera,
que si el fin del poema fuera el asombro, su tiempo no se mediría por siglos, sino por
días y por horas y tal vez por minutos. La segunda, que un famoso poeta es menos
inventor que descubridor. Para alabar a Ibn-Sháraf de Berja, se ha repetido que sólo él
pudo imaginar que las estrellas en el alba caen lentamente como las hojas de los árboles;
ello, si fuera cierto, evidenciaría que la imagen es baladí. La imagen que un solo hombre
puede formar es la que no toca a ninguno. Infinitas cosas hay en la tierra; cualquiera
puede equipararse a cualquiera. Equiparar estrellas con hojas no es menos arbitrario que
equipararlas con peces o con pájaros. En cambio, nadie no sintió alguna vez que el
destino es fuerte y es torpe, que es inocente y es también inhumano. Para esa
convicción, que puede ser pasajera o continua, pero que nadie elude, fue escrito el verso
de Zuhair. No se dirá mejor lo que allí se dijo. Además (y esto es acaso lo esencial de
mis reflexiones), el tiempo, que despoja los alcázares, enriquece los versos. El de
Zuhair, cuando éste lo compuso en Arabia, sirvió para confrontar dos imágenes, la del
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