cenar. Desde un sillón de hamaca, en un patio, recordó con desorden y con amor los
tiempos que fueron. Habló de municiones que no llegaron y de caballadas rendidas, de
hombres dormidos y terrosos tejiendo laberintos de marchas, de Saravia, que pudo
haber entrado en Montevideo y que se desvió, "porque el gaucho le teme a la ciudad",
de hombres degollados hasta la nuca, de una guerra civil que me pareció menos la
colisión de dos ejércitos que el sueño de un matrero. Habló de Illescas, de Tupambaé, de
Masoller. Lo hizo con períodos tan cabales y de un modo tan vívido que comprendí que
muchas veces había referido esas mismas cosas, y temí que detrás de sus palabras casi
no quedaran recuerdos. En un respiro conseguí intercalar el nombre de Damián.

--¿Damián? ¿Pedro Damián? --dijo el coronel--. Ése sirvió conmigo. Un tapecito que
le decían Daymán los muchachos. --Inició una ruidosa carcajada y la cortó de golpe,
con fingida o veraz incomodidad.

Con otra voz dijo que la guerra servía, como la mujer, para que se probaran los
hombres, y que, antes de entrar en batalla, nadie sabía quién es. Alguien podía pensarse
cobarde y ser un valiente, y asimismo al revés, como le ocurrió a ese pobre Damián, que
se anduvo floreando en las pulperías con su divisa blanca y después flaqueó en
Masoller. En algún tiroteo con los zumacos se portó como un hombre, pero otra cosa fue
cuando los ejércitos se enfrentaron y empezó el cañoneo y cada hombre sintió que cinco
mil hombres se habían coaligado para matarlo. Pobre gurí, que se la había pasado
bañando ovejas y que de pronto lo arrastró esa patriada...

Absurdamente, la versión de Tabares me avergonzó. Yo hubiera preferido que los
hechos no ocurrieran así. Con el viejo Damián, entrevisto una tarde, hace muchos años,
yo había fabricado, sin proponérmelo, una suerte de ídolo; la versión de Tabares lo
destrozaba. Súbitamente comprendí la reserva y la obstinada soledad de Damián; no las
había dictado la modestia, sino el bochorno. En vano me repetí que un hombre acosado
por un acto de cobardía es más complejo y más interesante que un hombre meramente
animoso. El gaucho Martín Fierro, pensé, es menos memorable que Lord Jim y que
Razumov. Sí, pero Damián, como gaucho, tenía obligación de ser Martín Fierro --sobre
todo, ante gauchos orientales. En lo que Tabares dijo y no dijo percibí el agreste sabor
de lo que se llamaba artiguismo: la conciencia (tal vez incontrovertible) de que el
Uruguay es más elemental que nuestro país y, por ende, más bravo... Recuerdo que esa
noche nos despedimos con exagerada efusión.

En el invierno, la falta de una o dos circunstancias para mi relato fantástico (que
torpemente se obstinaba en no dar con su forma) hizo que yo volviera a la casa del
coronel Tabares. Lo hallé con otro señor de edad: el doctor Juan Francisco Amaro, de
Paysandú, que también había militado en la revolución de Saravia. Se habló,
previsiblemente, de Masoller. Amaro refirió unas anécdotas y después agregó con
lentitud, como quien está pensando en voz alta:

--Hicimos noche en Santa Irene, me acuerdo, y se nos incorporó alguna gente. Entre
ellos, un veterinario francés que murió la víspera de la acción, y un mozo esquilador, de
Entre Ríos, un tal Pedro Damián.

Lo interrumpí con acritud.

--Ya sé --le dije--. El argentino que flaqueó ante las balas.

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