lado, un ejemplar del pestilente Adversus annulares. Había llovido la noche antes y la
leña ardía mal. Juan de Panonia rezó en griego y luego en un idioma desconocido. La
hoguera iba a llevárselo, cuando Aureliano se atrevió a alzar los ojos. Las ráfagas
ardientes se detuvieron; Aureliano vio por primera y última vez el rostro del odiado. Le
recordó el de alguien, pero no pudo precisar el de quién. Después, las llamas lo
perdieron; después gritó y fue como si un incendio gritara.
Plutarco ha referido que Julio César lloró la muerte de Pompeyo; Aureliano no lloró la
de Juan, pero sintió lo que sentiría un hombre curado de una enfermedad incurable, que
ya fuera una parte de su vida. En Aquilea, en Éfeso, en Macedonia, dejó que sobre él
pasaran los años. Buscó los arduos límites del Imperio, las torpes ciénagas y los
contemplativos desiertos, para que lo ayudara la soledad a entender su destino. En una
celda mauritana, en la noche cargada de leones, repensó la compleja acusación contra
Juan de Panonia y justificó, por enésima vez, el dictamen. Más le costó justificar su
tortuosa denuncia. En Rusaddir predicó el anacrónico sermón Luz de las luces
encendida en la carne de un réprobo. En Hibernia, en una de las chozas de un
monasterio cercado por la selva, lo sorprendió una noche, hacia el alba, el rumor de la
lluvia. Recordó una noche romana en que lo había sorprendido, también, ese minucioso
rumor. Un rayo, al mediodía, incendió los árboles y Aureliano pudo morir como había
muerto Juan.
El final de la historia sólo es referible en metáforas, ya que pasa en el reino de los
cielos, donde no hay tiempo. Tal vez cabría decir que Aureliano conversó con Dios y
que Éste se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo tomó por Juan de Panonia.
Ello, sin embargo, insinuaría una confusión de la mente divina. Más correcto es decir
que en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia
(el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima)
formaban una sola persona.
(1) En las cruces rúnicas los dos emblemas enemigos conviven, entrelazados.
Historia del guerrero y de la cautiva
En la página 278 del libro La poesia (Bari, 1942), Croce, abreviando un texto latino del
historiador Pablo el Diácono, narra la suerte y cita el epitafio de Droctulft; éstos me
conmovieron singularmente, luego entendí por qué. Fue Droctulft un guerrero lombardo
que en el asedio de Ravena abandonó a los suyos y murió defendiendo la ciudad que
antes había atacado. Los raveneses le dieron sepultura en un templo y compusieron un
epitafio en el que manifestaron su gratitud ("contempsit caros, dum nos amat ille,
parentes") y el peculiar contraste que se advertía entre la figura atroz de aquel bárbaro y
su simplicidad y bondad:
Terribilis visu facies mente benignus,
Longaque robusto pectores barba fuit! (1).
|
|