Bram Stoker


Sucedió que por casualidad en aquellos momentos no había nadie
en el muelle de Tate Hill, pues todos aquellos cuyas casas se encontraban
en la proximidad estaban, o en cama, o habían subido a las alturas para ver
mejor. Por eso el capitán del guardacostas de turno en el lado este del
puerto, que de inmediato corrió hacia el pequeño muelle, fue el primero
que pudo subir a bordo. Los hombres que manejaban el reflector, después
de escudriñar la entrada al puerto sin ver nada, dirigieron la luz hacia el
buque abandonado y la mantuvieron allí. El capitán del guardacostas corrió
sobre la cubierta de popa, y cuando llegó al lado de la rueda se inclinó para
examinarla, y retrocedió de pronto como si estuviera bajo una fuerte emo-
ción. Esto pareció picar la curiosidad general y un buen número de perso-
nas comenzaron a correr. Es un buen trecho el que hay desde West Cliff
pasando por el puente de Drawbridge hasta el muelle de Tate Hill, pero su
corresponsal es un corredor bastante bueno, y llegué con buena ventaja
sobre el resto de la gente. Sin embargo, cuando llegué, encontré en el
muelle a una muchedumbre que ya se había reunido, y a la cual el capitán
del guardacostas y la policía no permitían subir a bordo. Por cortesía del
jefe de marineros se me permitió, como corresponsal que soy, subir a
bordo, y fui uno de los del pequeño grupo que vio al marinero muerto
mientras se encontraba todavía atado a la rueda del timón.
No era de extrañar que el capitán del guardacostas se hubiera sor-
prendido, o que hubiera sentido temor, pues no es muy común que puedan
verse cosas semejantes. El hombre estaba simplemente atado de manos,
una sobre otra, a la cabilla de la rueda del timón. Entre su mano derecha y
la madera había un crucifijo, estando los rosarios con los cuales se encon-
traba sujeto tanto alrededor de sus puños como de la rueda, y todo fuerte-
mente atado por las cuerdas que lo amarraban. El pobre sujeto puede ser
que haya estado sentado al principio, pero el aleteo y golpeteo de las velas
habían hecho sus efectos en el timón de la rueda y lo arrastraron hacia uno
y otro lado, de tal manera que las cuerdas con que estaba atado le habían
cortado la carne hasta el hueso. Una detallada descripción del estado de
cosas fue hecha, y un médico, el cirujano J.M. Caffyn, de East Elliot Place,
Nº 33, quien subió inmediatamente después de mí, declaró después de
hacer un examen que el hombre debió haber estado muerto por lo menos
durante dos días. En su bolsillo había una botella, cuidadosamente tapada
con un corcho, y vacía, salvo por un pequeño rollo de papel, que resultó
ser el apéndice del diario de bitácora. El capitán del guardacostas dijo que
el hombre debió haber atado sus propias manos apretando los nudos con
sus dientes. El hecho de que el capitán del guardacostas fue el primero en
subir a bordo, puede evitar algunas complicaciones más tarde en la Corte

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