Bram Stoker
puerto, y se elevan y se sumergen en las grandes olas al navegar hacia el
puerto, escorando. Aquí viene el viejo señor Swales. Se dirige directa-
mente hacia mí, y puedo ver, por la manera como levanta su sombrero, que
desea hablar conmigo.
Me he sentido bastante conmovida por el cambio del pobre anciano.
Cuando se sentó a mi lado, dijo de manera muy tímida:
-Quiero decirle algo a usted, señorita.
Pude ver que no estaba tranquilo, por lo que tomé su pobre mano
vieja y arrugada en la mía y le pedí que hablara con plena confianza; enton-
ces, dejando su mano entre las mías, dijo:
-Tengo miedo, mi queridita, que debo haberle impresionado mucho
por todas las cosas malévolas que he estado diciendo acerca de los muer-
tos y cosas parecidas estas últimas semanas; pero no las he dicho en serio,
y quiero que usted recuerde eso cuando yo me haya ido. Nosotros, la
gente vieja y un poco chiflada, y con un pie ya sobre el agujero maldito, no
nos gusta para nada pensar en ello, y no queremos sentirnos asustados; y
ése es el motivo por el cual he tomado tan a la ligera esas cosas, para po-
der alegrar un poquitín mi propio corazón. Pero, Dios la proteja, señorita,
no tengo miedo de la muerte, no le tengo ni el menor miedo; sólo es que si
pudiera no morirme, sería mejor. Mi tiempo ya se está acabando, pues yo
ya soy viejo, y cien años es demasiado para cualquier hombre que espere; y
estoy tan cerca de ella que ya el Anciano está afilando su guadaña. Ya ve
usted, no puedo dejar la costumbre de reírme acerca de estas cosas de una
sola vez: las burlas van a ser siempre mi tema favorito. Algún día el Angel
de la Muerte sonará su trompeta para mí. Pero no se aflija ni se arrepienta
de mi muerte -dijo, viendo que yo estaba llorando-, pues si llegara esta
misma noche yo no me negaré a contestar su llamado. Pues la vida, des-
pués de todo, es sólo una espera por alguna otra cosa además de la que
estamos haciendo; y la muerte es todo sobre lo que verdaderamente po-
demos depender. Pero yo estoy contento, pues ya se acerca a mí, querida,
y se acerca rápidamente. Puede llegar en cualquier momento mientras
estemos mirando y haciéndonos preguntas. Tal vez está en el viento allá
afuera en el mar que trae consigo pérdidas y destrucción, y penosas ruinas,
y corazones tristes. ¡Mirad, mirad! -gritó repentinamente-. Hay algo en ese
viento y en el eco más allá de él que suena, parece, gusta y huele como
muerte. Está en el aire; siento que llega. ¡Señor, haced que responda go-
zoso cuando llegue mi llamada!
Levantó los brazos devotamente y se quitó el sombrero. Su boca se
movió como si estuviese rezando. Después de unos minutos de silencio, se
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