Bram Stoker
pero que mi deber era imperativo y yo tenía que partir. Entonces ella se
levantó y secó sus ojos, y tomando un crucifijo de su cuello me lo ofreció.
Yo no sabía qué hacer, pues como fiel de la Iglesia Anglicana, me he
acostumbrado a ver semejantes cosas como símbolos de idolatría, y sin
embargo, me pareció descortés rechazárselo a una anciana con tan buenos
propósitos y en tal estado mental. Supongo que ella pudo leer la duda en
mi rostro, pues me puso el rosario alrededor del cuello, y dijo: "Por amor a
su madre", y luego salió del cuarto. Estoy escribiendo esta parte de mi
diario mientras espero el coche, que por supuesto, está retrasado; y el cru-
cifijo todavía cuelga alrededor de mi cuello. No sé si es el miedo de la an-
ciana o las múltiples tradiciones fantasmales de este lugar, o el mismo
crucifijo, pero lo cierto es que no me siento tan tranquilo como de costum-
bre. Si este libro llega alguna vez a manos de Mina antes que yo, que le
lleve mi adiós ¡Aquí viene mi coche!
5 de mayo. El castillo. La oscuridad de la mañana ha pasado y el
sol está muy alto sobre el horizonte distante, que parece perseguido, no sé
si por árboles o por colinas, pues está tan alejado que las cosas grandes y
pequeñas se mezclan. No tengo sueño y, como no se me llamará hasta que
despierte solo, naturalmente escribo hasta que llegue el sueño. Hay muchas
cosas raras que quisiera anotar, y para que nadie al leerlas pueda imagi-
narse que cené demasiado bien antes de salir de Bistritz, también anotaré
exactamente mi cena. Cené lo que ellos llaman "biftec robado", con rodajas
de tocino, cebolla y carne de res, todo sazonado con pimiento rojo ensar-
tado en palos y asado. ¡En el estilo sencillo de la "carne de gato" de Lon-
dres! El vino era Mediasch Dorado, que produce una rara picazón en la
lengua, la cual, sin embargo, no es desagradable. Sólo bebí un par de vasos
de este vino, y nada más.
Cuando llegué al coche, el conductor todavía no había tomado su
asiento, y lo vi hablando con la dueña de la posada. Evidentemente habla-
ban de mí, pues de vez en cuando se volvían para verme, y algunas de las
personas que estaban sentadas en el banco fuera de la puerta (a las que
llaman con un nombre que significa "Portadores de palabra") se acercaron
y escucharon, y luego me miraron, la mayor parte de ellos compade-
ciéndome. Pude escuchar muchas palabras que se repetían a menudo:
palabras raras, pues había muchas nacionalidades en el grupo; así es que
tranquilamente extraje mi diccionario poliglota de mi petaca, y las busqué.
Debo admitir que no me produjeron ninguna alegría, pues entre ellas es-
taban "Ordog" (Satanás), "pokol" (infierno), "stregoica" (bruja), "vrolok" y
"vlkoslak" (las que significan la misma cosa, una en eslovaco y la otra en
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