Drácula


desde el amanecer hasta el anochecer y tratando de curar nuestras heridas a
la luz de la aurora boreal.
Evidentemente, esto era una broma del lugar, porque el anciano rió
al hablar y sus amigos le festejaron de muy buena gana.
-Pero -dije-, seguramente no es esto del todo correcto porque usted
parte del supuesto de que toda la pobre gente, o sus espíritus, tendrán que
llevar consigo sus lápidas en el Día del Juicio. ¿Cree usted que eso será
realmente necesario?
-Bueno, ¿para que otra cosa pueden ser esas lápidas? ¡Contésteme
eso, querida!
-Supongo que para agradar a sus familiares.
-¡Supone que para agradar a sus familiares! -sus palabras estaban
impregnadas de un intenso sarcasmo-. ¿Cómo puede agradarle a sus fa-
miliares el saber que todo lo que hay escrito ahí es una mentira, y que todo
el mundo, en este lugar, sabe que lo es?
Señaló hacia una piedra que estaba a nuestros pies y que había sido
colocada a guisa de lápida, sobre la cual descansaba la silla, cerca de la
orilla del peñasco.
-Lean las mentiras que están sobre esa lápida -dijo.
Las letras quedaban de cabeza desde donde yo estaba; pero Lucy
quedaba frente a ellas, de manera que se inclinó y leyó:
-A la sagrada memoria de George Canon, quien murió en la esper-
anza de una gloriosa resurrección, el 29 de julio de 1873, al caer de las ro-
cas en Kettleness. Esta tumba fue erigida por su doliente madre para su
muy amado hijo. "Era el hijo único de su madre que era viuda." A decir
verdad, señor Swales, yo no veo nada de gracioso en eso -sus palabras
fueron pronunciadas con suma gravedad y con cierta severidad.
-iNo lo encuentra gracioso! ¡Ja! ¡Ja! Pero eso es porque no sabe
que la doliente madre era una bruja que lo odiaba porque era un pillo..., un
verdadero pillo...; y él la odiaba de tal manera que se suicidó para que no
cobrara un seguro que ella había comprado sobre su vida. Casi se voló la
tapa de los sesos con una vieja escopeta que usaban para espantar los
cuervos; no la apuntó hacia los cuervos esa vez, pero hizo que cayeran
sobre él otros objetos. Fue así como cayó de las rocas. Y en lo que se re-
fiere a las esperanzas de una gloriosa resurrección, con frecuencia le oí de-
cir, señorita, que esperaba irse al infierno porque su madre era tan piadosa
que seguramente iría al cielo y él no deseaba encontrarse en el mismo lugar
en que estuviera ella. Ahora, en todo caso, ¿no es eso una sarta de menti-
ras? -y subrayó las palabras con su bastón-. Y vaya si hará reír a Gabriel


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