Bram Stoker
recodo doblado a la inversa, y su terminación tiene también un faro. Entre
los dos muelles hay una pequeña abertura hacia el puerto, que de ahí en
adelante se amplía repentinamente.
Cuando hay marea alta es muy bonito; pero cuando baja la marea
disminuye de profundidad hasta casi quedar seco, y entonces sólo se ve la
corriente del Esk deslizándose entre los bancos de arena, con algunas rocas
aquí y allá. Afuera del puerto, de este lado, se levanta por cerca de media
milla un gran arrecife, cuya parte aguda corre directamente desde la parte
sur del faro. Al final de ella hay una boya con una campana, que suena cu-
ando hay mal tiempo y lanza sus lúgubres notas al viento. Cuentan aquí
una leyenda: cuando un barco está perdido se escuchan campanas que
suenan en el mar abierto. Debo interrogar acerca de esto al anciano;
camina en esta dirección...
Es un viejo muy divertido. Debe ser terriblemente viejo, pues su
rostro está todo rugoso y torcido como la corteza de un árbol. Me dice
que tiene casi cien años, y que era marinero de la flota pesquera de Gro-
enlandia cuando la batalla de Waterloo. Es, temo, una persona muy
escéptica, pues cuando le pregunté acerca de las campanas en el mar y
acerca de la Dama de Blanco en la abadía, me dijo muy bruscamente:
-Señorita, si yo fuera usted, no me preocuparía por eso. Esas cosas
están todas gastadas. Es decir, yo no digo que nunca sucedieron, pero sí
digo que no sucedieron en mi tiempo. Todo eso está bien para forasteros y
viajeros, pero no para una joven tan bonita como usted. Esos caminantes
de York y Leeds, que siempre están comiendo arenques curtidos y to-
mando té, y viendo cómo pueden comprar cualquier cosa barata, creen en
esas cosas. Yo me pregunto quién se preocupa de contarles esas mentiras,
hasta en los periódicos, que están llenos de habladurías tontas.
Creí que sería una buena persona de quien podía aprender cosas
interesantes, así es que le pregunté si no le molestaría decirme algo acerca
de la pesca de ballenas en tiempos remotos. Estaba justamente sentándose
para comenzar cuando el reloj dio las seis, y entonces se levantó trabajo-
samente, y dijo:
-Señorita, ahora debo irme otra vez a casa. A mi nieta no le gusta
esperar cuando el té ya está servido, pues tarda algún tiempo.
Se alejó cojeando, y pude ver que se apresuraba, tanto como podía,
gradas abajo. Los graderíos son un rasgo distintivo de este lugar. Condu-
cen del pueblo a la iglesia; hay cientos de ellos (no sé cuantos) y se enro-
scan en delicadas curvas; el declive es tan leve que un caballo puede
fácilmente subirlos o bajarlos. Creo que originalmente deben haber tenido
algo que ver con la abadía. Me iré hacia mi casa también. Lucy salió a
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