Bram Stoker


sin embargo... Querida, no sé cómo me estoy adelantando. El señor
Quincey P. Morris me encontró sola. Parece ser que un hombre siempre
encuentra sola a una chica. No, no siempre, pues Arthur lo intentó en dos
ocasiones distintas, y yo ayudándole todo lo que podía; no me da ver-
güenza decirlo ahora. Debo decirte antes que nada, que el señor Morris no
habla siempre slang; es decir, no lo habla delante de extraños, pues es
realmente bien educado y tiene unas maneras muy finas, pero se dio cuenta
de que me hacía mucha gracia oírle hablar el slang americano, y siempre
que yo estaba presente, y que no hubiera nadie a quien pudiera molestarle,
decía cosas divertidas. Temo, querida, que tiene que inventárselo todo,
pues encaja perfectamente en cualquier otra cosa que tenga que decir. Pero
esto es una cosa propia del slang. Yo misma no sé si algún día llegaré a
hablar slang; no sé si le gusta a Arthur, ya que nunca le he oído utilizarlo.
Bien, el señor Morris se sentó a mi lado y estaba tan alegre y contento
como podía estar, pero de todas maneras yo pude ver que estaba muy ner-
vioso. Tomó casi con veneración una de mis manos entre las suyas, y dijo,
de la manera más cariñosa:
"-Señorita Lucy, sé que no soy lo suficientemente bueno como para
atarle las cintas de sus pequeños zapatos, pero supongo que si usted espera
hasta encontrar un hombre que lo sea, se irá a unir con esas siete joven-
zuelas de las lámparas cuando se aburra. ¿Por qué no se engancha a mi
lado y nos vamos por el largo camino juntos, conduciendo con dobles ar-
neses?
"Bueno, pues estaba de tan buen humor y tan alegre, que no me
pareció ser ni la mitad difícil de negármele como había sido con el pobre
doctor Seward; así es que dije, tan ligeramente como pude, que yo no
sabía nada acerca de cómo engancharme, y que todavía no estaba lo sufi-
cientemente madura como para usar un arnés. Entonces él dijo que había
hablado de una manera muy ligera, y que esperaba que si había cometido
un error al hacerlo así, en una ocasión tan seria y trascendental para él, que
yo lo perdonara. Verdaderamente estuvo muy serio cuando dijo esto, y yo
no pude evitar sentirme también un poco seria (lo sé, Mina, que pensarás
que soy una coqueta horrorosa), aunque tampoco pude evitar sentir una
especie de regocijo triunfante por ser el número dos en un día. Y entonces,
querida, antes de que yo pudiese decir una palabra, comenzó a expresar un
torrente de palabras amorosas, poniendo su propio corazón y su alma a
mis pies. Se veía tan sincero sobre todo lo que decía que yo nunca volveré
a pensar que un hombre debe ser siempre juguetón, y nunca serio, sólo
porque a veces se comporte alegremente. Supongo que vio algo en mi
rostro que lo puso en guardia, pues repentinamente se interrumpió, y dijo,

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