Bram Stoker
sobre su barbilla y su cuello. Hasta sus ojos, profundos y centellantes,
parecían estar hundidos en medio de la carne hinchada, pues los párpados
y las bolsas debajo de ellos estaban abotagados. Parecía como si la horro-
rosa criatura simplemente estuviese saciada con sangre.
Yacía como una horripilante sanguijuela, exhausta por el hartazgo.
Temblé al inclinarme para tocarlo, y cada sentido en mí se rebeló al con-
tacto; pero tenía que hurgar en sus bolsillos, o estaba perdido. La noche
siguiente podía ver mi propio cuerpo servir de banquete de una manera
similar para aquellas horrorosas tres. Caí sobre el cuerpo, pero no pude
encontrar señales de la llave. Entonces me detuve y miré al conde. Había
una sonrisa burlona en su rostro hinchado que pareció volverme loco.
Aquél era el ser al que yo estaba ayudando a trasladarse a Londres, donde,
quizá, en los siglos venideros podría saciar su sed de sangre entre sus
prolíficos millones, y crear un nuevo y siempre más amplio círculo de
semidemonios para que se cebaran entre los indefensos. El mero hecho de
pensar aquello me volvía loco. Sentí un terrible deseo de salvar al mundo
de semejante monstruo. No tenía a mano ninguna arma letal, pero tomé la
pala que los hombres habían estado usando para llenar las cajas y, levan-
tándola a lo alto, golpeé con el filo la odiosa cara. Pero al hacerlo así, la
cabeza se volvió y los ojos recayeron sobre mí con todo su brillo de hor-
rendo basilisco. Su mirada pareció paralizarme y la pala se volteó en mi
mano esquivando la cara, haciendo apenas una profunda incisión sobre la
frente. La pala se cayó de mis manos sobre la caja, y al tirar yo de ella, el
reborde de la hoja se trabó en la orilla de la tapa, que cayó otra vez sobre
el cajón escondiendo la horrorosa imagen de mi vista. El último vistazo
que tuve fue del rostro hinchado, manchado de sangre y fijo, con una
mueca de malicia que hubiese sido muy digna en el más profundo de los
infiernos.
Pensé y pensé cuál sería mi próximo movimiento, pero parecía que
mi cerebro estaba en llamas, y esperé con una desesperación que sentía
crecer por momentos. Mientras esperaba escuché a lo lejos un canto gitano
entonado por voces alegres que se acercaban, y a través del canto el
sonido de las pesadas ruedas y los restallantes látigos; los gitanos y los
eslovacos de quienes el conde había hablado, llegaban. Echando una última
mirada a la caja que contenía el vil cuerpo, salí corriendo de aquel lugar y
llegué hasta el cuarto del conde, determinado a salir de improviso en el
instante en que la puerta se abriera. Con oídos atentos, escuché, y oí abajo
el chirrido de la llave en la gran cerradura y el sonido de la pesada puerta
que se abría. Debe haber habido otros medios de entrada, o alguien tenía
una llave para una de las puertas cerradas. Entonces llegó hasta mí el
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