Drácula
Hubo un ligero y dulce murmullo de risas, y en un exceso de furia
abrí la puerta de golpe y vi allí afuera a aquellas tres terribles mujeres
lamiéndose los labios. Al aparecer yo, todas se unieron en una horrible car-
cajada y salieron corriendo.
Regresé a mi cuarto y caí de rodillas. ¿Está entonces tan cerca el fi-
nal? ¡Mañana! ¡Mañana! Señor, ¡ayudadme, y a aquellos que me aman!
30 de junio, por la mañana. Estas pueden ser las últimas palabras
que jamás escriba en este diario. Dormí hasta poco antes del amanecer, y al
despertar caí de rodillas, pues estoy determinado a que si viene la muerte
me encuentre preparado.
Finalmente sentí aquel sutil cambio del aire y supe que la mañana
había llegado. Luego escuché el bien venido canto del gallo y sentí que
estaba a salvo. Con alegre corazón abrí la puerta y corrí escaleras abajo,
hacia el corredor. Había visto que la puerta estaba cerrada sin llave, y
ahora estaba ante mí la libertad. Con manos que temblaban de ansiedad,
destrabé las cadenas y corrí los pasados cerrojos.
Pero la puerta no se movió. La desesperación se apoderó de mí.
Tiré repetidamente de la puerta y la empujé hasta que, a pesar de ser muy
pesada, se sacudió en sus goznes. Pude ver que tenía pasado el pestillo. Le
habían echado llave después de que yo dejé al conde.
Entonces se apoderó de mi un deseo salvaje de obtener la llave a
cualquier precio, y ahí mismo determiné escalar la pared y llegar otra vez al
cuarto del conde. Podía matarme, pero la muerte parecía ahora el menor
de todos los males. Sin perder tiempo, corrí hasta la ventana del este y me
deslicé por la pared, como antes, al cuarto del conde. Estaba vacío, pero
eso era lo que yo esperaba. No pude ver la llave por ningún lado, pero el
montón de oro permanecía en su puesto. Pasé por la puerta en la esquina y
descendí por la escalinata circular y a lo largo del oscuro pasadizo hasta la
vieja capilla. Ya sabía yo muy bien donde encontrar al monstruo que bus-
caba.
La gran caja estaba en el mismo lugar, recostada contra la pared,
pero la tapa había sido puesta, con los clavos listos en su lugar para ser
metidos aunque todavía no se había hecho esto. Yo sabía que tenía que
llegar al cuerpo para buscar la llave, de tal manera que levanté la tapa y la
recliné contra la pared; y entonces vi algo que llenó mi alma de terror. Ahí
yacía el conde, pero mirándose tan joven como si hubiese sido rejuvene-
cido pues su pelo blanco y sus bigotes habían cambiado a un gris oscuro;
las mejillas estaban más llenas, y la blanca piel parecía un rojo rubí debajo
de ellas; la boca estaba más roja que nunca; sobre sus labios había gotas de
sangre fresca que caían en hilillos desde las esquinas de su boca y corrían
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