Drácula
29 de junio. Hoy es la fecha de mi última carta, y el conde ha dado
los pasos necesarios para probar que es auténtica, pues otra vez lo he visto
abandonar el castillo por la misma ventana y con mi ropa. Al verlo des-
lizarse por la ventana, al igual que una lagartija, sentí deseos de tener un
fusil o alguna arma letal para poder destruirlo; pero me temo que ninguna
arma manejada solamente por la mano de un hombre pueda tener algún
efecto sobre él. No me atreví a esperar por su regreso, pues temí ver a sus
malvadas hermanas. Regresé a la biblioteca y leí hasta quedarme dormido.
Fui despertado por el conde, quien me miró tan torvamente como
puede mirar un hombre, al tiempo que me dijo:
-Mañana, mi amigo, debemos partir. Usted regresará a su bella In-
glaterra, yo a un trabajo que puede tener un fin tal que nunca nos encon-
tremos otra vez. Su carta a casa ha sido despachada; mañana no estaré
aquí, pero todo estará listo para su viaje. En la mañana vienen los gitanos,
que tienen algunos trabajos propios de ellos, y también vienen los eslova-
cos. Cuando se hayan marchado, mi carruaje vendrá a traerlo y lo llevará
hasta el desfiladero de Borgo, para encontrarse ahí con la diligencia que va
de Bucovina a Bistritz. Pero tengo la esperanza de que nos volveremos a
ver en el castillo de Drácula.
Yo sospeché de sus palabras, y determiné probar su sinceridad.
¡Sinceridad! Parece una profanación de la palabra en conexión con un
monstruo como éste, de manera que le hablé sin rodeos:
-¿Por qué no puedo irme hoy por la noche?
-Porque, querido señor, mi cochero y los caballos han salido en una
misión.
-Pero yo caminaría de buen gusto. Lo que deseo es salir de aquí cu-
anto antes.
El sonrió, con una sonrisa tan suave, delicada y diabólica, que in-
mediatamente supe que había algún truco detrás de su amabilidad; dijo:
-¿Y su equipaje?
-No me importa. Puedo enviar a recogerlo después.
El conde se puso de pie y dijo, con una dulce cortesía que me hizo
frotar los ojos, pues parecía real:
-Ustedes los ingleses tienen un dicho que es querido a mi corazón,
pues su espíritu es el mismo que regula a nuestros boyars: "Dad la bien-
venida al que llega; apresurad al huésped que parte." Venga conmigo, mi
querido y joven amigo. Ni una hora más estará usted en mi casa contra sus
deseos, aunque me entristece que se vaya, y que tan repentinamente lo de-
see. Venga.
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