Bram Stoker
sas alrededor de la cintura. Todas Ilevaban largas mangas blancas, y la
mayor parte de ellas tenían anchos cinturones con un montón de flecos de
algo que les colgaba como en los vestidos en un ballet, pero por supuesto
que Ilevaban enaguas debajo de ellos. Las figuras más extrañas que vimos
fueron los eslovacos, que eran más bárbaros que el resto, con sus amplios
sombreros de vaquero, grandes pantalones bombachos y sucios, camisas
blancas de lino y enormes y pesados cinturones de cuero, casi de un pie de
ancho, completamente tachonados con clavos de hojalata. Usaban botas
altas, con los pantalones metidos dentro de ellas, y tenían el pelo largo y
negro, y bigotes negros y pesados. Eran muy pintorescos, pero no parecían
simpáticos. En cualquier escenario se les reconocería inmediatamente
como alguna vieja pandilla de bandoleros. Sin embargo, me dicen que son
bastante inofensivos y, lo que es más, bastante tímidos.
Ya estaba anocheciendo cuando llegamos a Bistritz, que es una an-
tigua localidad muy interesante. Como está prácticamente en la frontera,
pues el paso de Borgo conduce desde ahí a Bucovina, ha tenido una exis-
tencia bastante agitada, y desde luego pueden verse las señales de ella.
Hace cincuenta años se produjeron grandes incendios que causaron terri-
bles estragos en cinco ocasiones diferentes. A comienzos del siglo XVII su-
frió un sitio de tres semanas y perdió trece mil personas, y a las bajas de la
guerra se agregaron las del hambre y las enfermedades.
El conde Drácula me había indicado que fuese al hotel Golden
Krone, el cual, para mi gran satisfacción, era bastante anticuado, pues por
supuesto, yo quería conocer todo lo que me fuese posible de las costum-
bres del país. Evidentemente me esperaban, pues cuando me acerqué a la
puerta me encontré frente a una mujer ya entrada en años, de rostro alegre,
vestida a la usanza campesina: ropa interior blanca con un doble delantal,
por delante y por detrás, de tela vistosa, tan ajustado al cuerpo que no
podía calificarse de modesto. Cuando me acerqué, ella se inclinó y dijo:
-¿El señor inglés?
-Sí -le respondí-: Jonathan Haker.
Ella sonrió y le dió algunas instrucciones a un hombre anciano en
camisa de blancas mangas, que la había seguido hasta la puerta. El hombre
se fue, pero regresó inmediatamente con una carta:
"Mi querido amigo: bien venido a los Cárpatos. Lo estoy esperando
ansiosamente. Duerma bien, esta noche. Mañana a las tres saldrá la dili-
gencia para Bucovina; ya tiene un lugar reservado. En el desfiladero de
Borgo mi carruaje lo estará esperando y lo traerá a mi casa. Espero que su
viaje desde Londres haya transcurrido sin tropiezos, y que disfrute de su
estancia en mi bello país.
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